Los secretos de la Isla de Pohnei

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por Andreas Faber-Kaiser

1991

de AFK Website
Debajo de la isla de Pohnpei (o Ponape), en el océano Pacífico, se esconde una página secreta de la historia de la Humanidad. Por esta razón, los iniciados de la hermandad de los ‘tsamoro’ le dan a su isla justamente este nombre: “Sobre el secreto”.
Un lugar que le sigue ocultando al extraño gran parte, precisamente, de sus conocimientos secretos.

El único que ha trascendido más allá de sus límites, sigue sin estar resuelto: frente a sus costas se asientan las ruinas de la enigmática ciudad acuática de Nan Madol, construida —nadie sabe cuándo ni por quién— con gigantescos bloques de basalto sobre 91 islotes artificiales. Invadida por la jungla y los manglares, continúa siendo para los nativos una ciudad prohibida, que —de acuerdo con su tradición— acecha con la muerte a quien osa permanecer en ella después de la caída del Sol.

En este enclave de las Carolinas orientales, en la Micronesia, averigüé sobre el terreno cuanto allí se esconde. Acumulando vivencias en la jungla de los montes y en los manglares de las aguas litorales, conviviendo con los transmisores del conocimiento de la isla, he ido recomponiendo el rompecabezas de la desafiante historia de Pohnpei —descubierta por navegantes españoles en el siglo XVI— que mantiene a muerte un solo principio: no revelar jamás todo lo que alberga.

En 1939 había aparecido en la Prensa alemana una curiosa noticia: afirmaba ésta que submarinistas japoneses habían efectuado inmersiones en la isla carolina de Ponape (la antigua Pohnpei) y habían sacado del lecho del mar trozos de platino. Pero no de alguna formación natural recubierta de coral, sino de un tesoro submarino.

Noticias posteriores afirmaban que en la costa oriental de Pohnpei se hallaban diseminadas en una amplia área misteriosas construcciones cubiertas por la jungla: un sistema de canales, muros ciclópeos, ruinas de fortificaciones, ruinas de palacios…

UNA CIUDAD SUMERGIDA
Ya mucho antes de la primera gran guerra —explicaron los nativos— buscadores de perlas y comerciantes japoneses habían efectuado sondeos clandestinos en el fondo del mar. Hasta que los submarinistas regresaron con narraciones fabulosas: allí abajo se habían podido pasear por calles en parte bien conservadas, si bien recubiertas por moluscos, colonias de corales y otros habitantes marinos, amén de algún que otro vestigio de ruinas. Desconcertante había sido, según ellos, la visión de numerosas bóvedas de piedra, columnas y monolitos.

Esta misteriosa ciudad submarina albergaba tesoros concretos, debiéndose hallar en el centro de la misma una especie de panteón de los nobles del lugar, cuyas momias yacían allí. Pero aquí viene lo asombroso: cada una de estas momias estaría encerrada en un sarcófago de platino. Estos son los sarcófagos que —ya en época de la dominación japonesa de la isla, o sea entre las dos guerras mundiales— habrían localizado los submarinistas nipones.

De acuerdo con estos testimonios, habrían ido extrayendo platino del fondo marino hasta el momento en que dos submarinistas ya no volvieron a emerger.

Desaparecieron sin dejar rastro, llevándose consigo su moderno equipo de inmersión y de trabajo: jamás nadie volvió a verlos.

RUMBO AL ENIGMA
Pohnpei se presentaba como un reto fascinante. Pero quedaba una sola duda: ¿se trataba de comentarios fantasiosos de gente ávida de sensacionalismo? Para despejarla, valía la pena estar volando, como lo estábamos haciendo Miquel Amat y yo, en pos del Sol.

“Allí la gente no va”. Que esto no lo hacía nadie, que la gente se iba, pues… a Hawaii o a las Fidji, pero allí no: “Allí se comen a la gente”, me decía un oficial de inmigración en el aeropuerto neoyorquino John F. Kennedy. Mal informado estaba el funcionario yanqui sobre las actuales preferencias culinarias de los pohnpeyanos, pero menos aún sabían en las agencias de viaje de la otra costa americana: “¿Y eso dónde cae? Es la primera vez que lo oigo”, me confiesa un veterano empleado de la ‘Western Airlines’ en Los Angeles. En eso, parecía evidente que el inquisidor de New York había tenido razón: a Pohnpei la gente no iba.

Ya en pleno Pacífico, a mitad de camino entre Los Angeles y Pohnpei, con más de 15.000 km de vuelo a las espaldas desde nuestra partida de Barcelona y con todavía algo más de 4.200 km de sobrevuelo del océano Pacífico por delante, tampoco habían oído hablar nunca de Pohnpei. Ni siquiera el experimentado taxista hawaiiano que nos llevó del aeropuerto de Honolulu a la playa de Waikiki. Únicamente el gerente del restaurante ‘Tahitian Lanai’ en Waikiki supo aportar algo concreto; conocía Pohnpei: que si lo nuestro era el masoquismo, que fuéramos allí.

Pero que el Pacífico ofrecía mil rincones para visitar antes que éste.

EL NOVENO ATERRIZAJE

Al día siguiente nos esperaba por fin nuestro noveno y definitivo aterrizaje desde que partimos de Barcelona. El volante correo del Pacífico nos había llevado de Honolulu al atolón de Johnston, de allí al de Majuro, y de éste a la base de misiles de Kwajalein.

Después de haber estado sobrevolando y aterrizando en atolones que eran superficies desérticas y absolutamente planas que a duras penas rebasaban en algún metro el nivel del mar, el espectáculo que hora y media más tarde se ofreció a nuestros ojos a la izquierda del avión, cuando surgimos por debajo de la capa de nubes, fue realmente impresionante: una lúgubre mole de montañas totalmente cubierta de espesa jungla de un pegajoso color verde oscuro, aparecía envuelta en sus cúspides más elevadas por neblinas y nubarrones blancos, grises, pesados.

Sobrevolamos los arrecifes de coral del extremo norte de la isla, e inmediatamente surgió un poco más a la izquierda el islote sobre el que se extiende el campo de aterrizaje de Pohnpei.

Aterrizaje —huelga decirlo— sin ayudas de tierra: a ojo.

VIGILANTES SOMBRAS NOCTURNAS

Al segundo día nos instalamos en una cabaña de madera con cubierta de hoja de palma, cuyos lados ofrecían amplias franjas abiertas por las que pasaba el aire pero nunca la lluvia, abundante lluvia en esta isla, que cae intermitentemente durante 300 de los 365 días del año. A una temperatura media permanente de 27-28°C, este tipo de alojamiento es el único idóneo para el lugar.

Tuvimos que acostumbrarnos a compartir el interior del habitáculo con lagartos, lagartijas, sapos, caracoles gigantes y la visita diaria de una rata. Pero todo esto quedaba compensado por la magnífica vista tropical que desde nuestra cabaña disfrutábamos sobre la Bahía de la Mala Acogida, como la bautizaron cuando la descubrieron en enero de 1828 unos navegantes rusos, a causa del poco hospitalario carácter de sus moradores.

En la primera noche de estancia en la isla ya tuvimos una clara muestra de que allí nos preguntarían más de lo que nos dirían. Fuimos a dar una vuelta a pie para la primera toma de contacto con el nuevo entorno. La oscuridad, total. Solamente la tenue luz de alguna vela o quinqué en las cabañas cercanas. Sin previo aviso rompió a llover bastante torrencialmente, a lo cual no tardaríamos a acostumbrarnos.

De la oscuridad surgió una figura igual de oscura que nos invitó por señas a seguirla. Nos ofreció cobijo en la cercana cabaña de reunión de los hombres del lugar. Estaba ocupada por unos quince individuos que nos fueron estudiando en silencio, mientras dos de ellos se alternaban en hacernos preguntas concretas sobre nuestra estancia en Pohnpei: qué habíamos venido a hacer aquí, cuándo habíamos llegado, qué lugares pensábamos visitar, y —algo que parecía interesarles especialmente— cuándo volvíamos a abandonar la isla. Intenté ganar tiempo con respuestas evasivas hasta que paró de llover.

Continuamos nuestro solitario deambular de exploración nocturna del terreno, cuando un silencioso movimiento oscuro a mi espalda coincidió con una pregunta:

“¿Me das fuego?”

Volvía a ser el mismo individuo que nos había invitado a la cabaña de los hombres, ahora acompañado de uno de nuestros interrogadores:

“¿A dónde os dirigís por este camino?”

Estaba claro que, al igual que en el Kim de Rudyard Kipling, también la noche de Pohnpei iba a estar llena de ojos…

SUS ANTEPASADOS APLICABAN TECNOLOGÍAS MÁGICAS

Entre aventuras, con tiento y con paciencia, logré conectar con el paso de los días con algunos de los transmisores del conocimiento ancestral de la isla —a la que James Churchward consideraba asentamiento del santuario del supuesto continente hundido de Mu—.

El enigma principal que ofrece son las ruinas de Nan Madol. Con respecto a ellas, la arqueología oficial reconoce abiertamente su desconocimiento absoluto sobre la finalidad de las más impresionantes ruinas del océano Pacífico; es más, de la única ciudad en ruinas que puede visitarse en los 166 millones de km2 de dicho océano.

Pero además de este enigma principal, arqueológico, existe un foco mágico de la isla, oculto en la abrupta espesura de la jungla de Salapwuk, en las alturas montañosas del reino de Kiti, en el suroeste de Pohnpei. Allí y en otros puntos de la isla, la memoria de los pohnpeyanos perpetúa hasta hoy el recuerdo de gigantes, el recuerdo de personas que sabían volar, el recuerdo de una raza que recurría a asombrosos poderes mágicos que permitían el transporte aéreo de grandes bloques de piedra.

El recuerdo claro de la conexión celeste y de la realidad del vuelo posible, en la antigüedad.

ORÍGENES INICIATICOS

Pero vayamos a los orígenes de esta isla absolutamente mágica: Pensile Lawrence, uno de los transmisores vivos de la historia esotérica de Pohnpei, me contó por fin, al cabo de dos interminables semanas de evasivas y de negativas a la ansiada entrevista, esta historia de sus orígenes:

“Nueve parejas —nueve mujeres y nueve hombres— erraban en una canoa por el ancho mar, buscando una tierra nueva en la que establecerse. En esto pensaban cuando se toparon con un pulpo hembra de nombre Letakika. Cuando éste averiguó el motivo de su viaje, les indicó un lugar del océano en el que había una roca que surgía por encima de las olas. Las nueve parejas prosiguieron su camino y hallaron la roca. Sobre ella comenzaron a construir la isla.

Luego, dejaron en ella a una pareja, un hombre y una mujer, mientras que el resto volvieron a marchar. El nombre del hombre que se quedó en la isla no tiene importancia; no tenía nombre. Sí lo tenía el de la mujer: se llamaba Lemuetu. Lemuetu es la primera madre de Pohnpei. Por ello sus habitantes se asientan sobre un matriarcado. En su canoa, las nueve parejas llevaban alimentos para comer y para plantar en la nueva tierra.”

Este escueto y a la vez completo relato iniciático sobre los orígenes de la roca prima de Pohnpei, es un compendio de conocimientos ocultos. Aquí, en el breve espacio de un artículo, no ha lugar para explicaciones más amplias, que sí están recogidas en cambio en mi libro Sobre el secreto (Plaza & Janés Editores, 1985). Apuntaré aquí solamente que el 9 es —para las empresas de la especie humana— el símbolo del nacimiento.

Entre otras, lo refleja así claramente por ejemplo la cábala lingüística de las voces “nueve-nuevo-nave-huevo” (“novem-novum-navis-ovum”), que cobra todo su vigor en el gay saber de los argotiers, en el argot de aquellos que construían la obra en el país del gallo, en la Galia: “neuf-neuf-nef-oeuf”.

En el relato pohnpeyano reaparecen estos mismos elementos: la nave, tripulada por nueve parejas, para construir un país nuevo, lo cual significa un nacimiento, simbolizado por el huevo.

EL VIAJE DE NOÉ

Ahora bien, las características de la nave-canoa, con alimentos y plantas parta sembrar en el país nuevo, el hallazgo de una roca de tierra firme sobre la cual establecer un nuevo núcleo humano, la indicación de la cercanía de la nueva tierra por parte de un animal —aquí es un pulpo—, la equiparan a la nave-arca de Noé que navega igualmente en busca de la nueva tierra.

Y en la misma cábala lingüística de quienes construyen bajo el signo del gallo, Noé es la radical de Noëlle, la natividad, el nacimiento. Con lo que seguimos en la constante 9 indicada en el relato primo de Pohnpei: en 9 ciclos (=meses) se forma (= nace) el ser humano.

Y —como no podía ser menos— exactamente cada 9 meses se reunían en Salapwuk —en cuyas espesuras se conserva la roca original de la isla, aquella que sirvió para su nacimiento—, el principal lugar de culto de Pohnpei, todos los iniciados, para unas celebraciones a las cuales estaba vedada la asistencia a todo extraño.

EN EL SECRETO SANTUARIO DEL PACIFICO

Aventurarse en las espesuras de los montes de Salapwuk, en el reino de Kiti, puede llegar a constituir una de las experiencias más cautivantes en la vida de cualquier persona que busca. Como puede también convertirse en un sendero sin retorno. O ser simplemente una excursión por la jungla. Todo depende de la motivación con que uno emprende la ascensión hasta el núcleo habitado más elevado de Pohnpei. Allí se halla el germen inicial de todo cuanto tiene que ver con los misterios de la isla.

La lenta ascensión a pie a través de la jungla propicia el que solamente llegue hasta Salapwuk aquél a quien los celadores del santuario se lo permiten. Tanto es así, que Miquel y yo fuimos los primeros extranjeros que han llegado a pisar aquellos parajes vírgenes.

En busca del lago de agua dulce en el que, en las alturas de Kiti, crecía la misma hierba que crece abajo en el mar.

LA AVENTURA DE LA BÚSQUEDA

Días antes le había preguntado a Masao —uno de los iniciados de la isla— por el significado del nombre ‘Salapwuk’: “Allí hay una roca. Cuando la veas, sabrás por qué se llama Salapwuk”, me contestó escuetamente, para advertirme a renglón seguido:

“Si logras subir con los contactos adecuados a las montañas, los celadores del lugar te mostrarán algo si creen que eres merecedor de ello; pero jamás te permitirán acceder a las cosas secretas que allí hay.”

Pronto tendría que darle la razón.

Tras el largo ascenso hacia las cabañas de Pernis Washndon —el celador visible (que no máximo) de los selváticos montes de Kiti— la primera condición que éste me impuso fue el mutuo silencio sobre lo que allí hablaríamos, compromiso que por supuesto no voy a romper, por lo cual solamente reflejaré aquí parte de aquello que no atañe al mismo. Después de lo cual comprobaría que los distintos vigías de la jungla montañosa estaban informados de nuestra presencia. Entrada ya la noche, acudieron una serie de hombres, con alguno de los cuales nos habíamos cruzado ya en nuestro camino de ascenso. Pero otros acudieron de zonas aún más altas.

En un momento nos vimos acosados por primero tres, e inmediatamente dos más, en total cinco de aquellos guardianes de Salapwuk que, machete en mano y a dos palmos de nosotros —que estábamos hombro con hombro intentando captar aquella situación —imponían la prudencia por encima de cualquier otra reacción.

Tuvimos el segundo justo para confirmarnos mutuamente que aquello se salía de lo normal y podía derivar en algo feo si dábamos un paso en falso, cuando comenzaron a someterme alternativamente los cinco a un severo interrogatorio acerca del motivo auténtico de nuestra presencia en Salapwuk. Sólo al cabo de un buen rato de esfuerzos por no perder parte del terreno tan pacientemente ganado, logré restarle gravedad a la tensión que evidentemente se había creado.

Miquel y yo nos turnamos para dormir aquella noche tan fascinantemente intrigante como incómoda y al día siguiente nos internamos desarmados en las espesuras de la parte superior de Salapwuk, guiados por lugareños armados, circunstancia que nos impidió adoptar una postura de fuerza cuando se repitió un grave episodio de tensión entre ellos y nosotros. “Un comentario más y os pueden matar aquí mismo”, nos avisó la bonita Carmelida, que nos hacía de intérprete y que la víspera, advertida por Pernis Washndon de que guardara silencio sobre el contenido de nuestra conversación, comentó: “Si estuviera loca, hablaría.”

Los guardianes cumplieron perfectamente su cometido, puesto que regresamos después de un día de caminata a pie descalzo por la jungla, sin haber visto el enclave que yo buscaba. El lugar en el que, en épocas pasadas, cuando se producía alguna sequía anómala, los chamanes invocaban la llegada de la lluvia, que no tardaba en presentarse, después de haber clavado el sacerdote una vara en una abertura del terreno.

Era exactamente la historia que ocho años antes me había contado el superior del santuario de Aishmuqam, en la antigua ruta de los mercaderes que desde el Afganistán se dirigían a la capital de Cachemira, Srinagar.

Guardaban allí el bastón de Musa (Moisés), que solamente se usaba en aquel extremo norteño de la India para invocar la llegada de la lluvia, o el fin de una epidemia, siempre con inmediato resultado positivo.

EL TAPÓN DEL MISTERIO

De cuanto se puede explicar, lo más importante que me traje de las espesuras de Salapwuk fue la explicación de su celador visible, Pernis Washndon, de que estos montes y la isla misma no constituían más —como su propio nombre esotérico (“Sobre el secreto”) indica— que un tapón que esconde, al tiempo que señaliza, el emplazamiento del auténtico misterio que se oculta en sus profundidades.

No tardaría en averiguar que este misterio guardaba estrecha relación con las noticias aparecidas a finales de los años 30 en la Prensa alemana.

De regreso del reino de Kiti pude ya, con lo averiguado en Salapwuk, poner todo mi empeño en averiguar el motivo de la existencia en la isla de una ciudad construida sobre islotes artificiales, aprovechando su arrecife coralífero.

Para ello había que remontarse a la aparición en la isla, en épocas remotas, de una pareja de instructores llegados desde el aire, en una nube, con la finalidad de buscar un emplazamiento idóneo para la construcción de una ciudad-santuario.

Hallaron este emplazamiento en un lugar en el que vieron luces bajo el agua, en el mar. Supieron por ellas que era éste el lugar en el que debían construir una ciudad provocativamente distinta, sobre islotes artificiales, para señalizar la singularidad de aquel lugar.

Porque las luces que vieron les indicaban la existencia, allí, de construcciones artificiales muchísimo más antiguas, sumergidas bajo las aguas litorales de Pohnpei. Allí estaba el inicio del ovillo que conducía al secreto que daba nombre y significado a la isla.

Todo un reto para esoteristas, arqueólogos e historiadores.

LOS GRANDES INICIADOS

El Corán, en la Sura 18, habla de Al Raqim, la tabla que contiene las claves de la iniciación en la cueva. En Pohnpei los Sau Rakim fueron antiguamente los grandes iniciados —ya no queda ninguno hoy en día— que guardaban los secretos y no los compartían con las demás personas. Los mantenían ocultos, ya que de otra forma eran castigados con la muerte.

Cuenta la tradición que conocían todas las antiguas historias de Pohnpei, y que cuando morían comenzaba a llover, a relampaguear y a tronar. Algo similar —se suceden en esta isla las conexiones planetarias— a lo que sucedió con motivo de la crucifixión de Jesús.

LOS TSAMORO, SOCIEDAD SECRETA DE POHNPEI

Por debajo de los Sau Rakim, que eran los máximos iniciados de la isla, existía una sociedad secreta, la sociedad de los tsamoro. Los jefes de tribu se constituían automáticamente en miembros de esta sociedad, mientras que a los demás tsamoro se les exigía una demostración de sus aptitudes en el plazo de un tiempo de prueba de varios años de duración. Esta demostración consistía en el conocimiento de la lengua de la sociedad, que no era la del pueblo. Era por lo tanto un argot, una lengua de los argotiers, por lo tanto de los argo-nautas.

Los tsamoro se reunían una vez al año en un lugar sagrado, rodeado de muros de piedra. El acceso les estaba vedado a los no iniciados, bajo pena de muerte inmediata. Durante sus reuniones secretas, los elegidos bebían sakau y cada uno ofrecía un recipiente de esta bebida sagrada a los seres superiores.

Explicaré enseguida en qué consiste esta bebida.

Valga decir antes aún que el jefe de la hermandad secreta de los tsamoro tenía su sede en estos montes de Salapwuk en cuya jungla me hallaba, y en donde cada nueve meses se reunían todos los iniciados para un encuentro de cuatro días de duración.

UNA VEZ MAS EL CLICHÉ DEL DILUVIO

Averigüé en las oscuras noches de la jungla que existen allí narraciones legendarias que apuntan claramente hacia el recuerdo de una inundación total de la isla, o sea de un diluvio (para ellos obviamente universal).

Literalmente:

“Las inundaciones arrancaron toda la tierra de la isla” — dicen las tradiciones.

Después de haberse retirado nuevamente las aguas, alguien procedió a reconstruir un túmulo de rocas en Salapwuk, en el reino de Kiti. Pernis Washndon (el celador de los misterios de estos montes) me dijo en este contexto que Salapwuk no era más que el tapón que tapaba un secreto que se encerraba debajo del lugar que estábamos pisando.

Y considerando que Salapwuk debe su razón de ser —como ya vimos en el anterior número de “Más Allá”— a la primera piedra, a la piedra angular, obligado es aportar aquí el dato de que en el texto apócrifo Testamento de Salomón, la piedra angular es aquella que se pone encima de la puerta del templo.

EL RITUAL DEL SAKAU

La ceremonia del sakau es celebrada por todos los pohnpeyanos diariamente, al anochecer. Según ellos, es una bebida proporcionada antiguamente por los seres superiores, como vehículo de comunicación con ellos. Tanto es así, que en el escudo o emblema oficial del actual estado de Pohnpei aparecen juntas las ruinas de Nan Madol y un cuenco de coco conteniendo el sakau.

Nosotros tomamos nuestro primer trago en el marco de un festivo agasajo del que nos hizo objeto una familia que ocupaba el pequeño islote de Takaieu, en los arrecifes que rodean a la isla central de Pohnpei.

El ritual ancestral que seguimos para tomar la bebida de la conexión celeste fue el siguiente: en primer lugar, durante el día fuimos recogiendo raíces de sakau (kawa-kawa, cuyo nombre botánico es ‘piper methysticum’). Al anochece, fuimos disponiendo hojas de banana debajo de una gran piedra plana, de hecho una plancha de piedra. La cantidad de hojas de palma depende siempre del mayor o menor rango del personaje principal que asiste a la ceremonia. Inmediatamente después lavamos cuidadosamente con agua las raíces y la plancha de piedra, hasta dejarla completamente limpia.

Mientras esto hacíamos en el interior de la amplia cabaña, en el exterior otros lugareños se encargaron simultáneamente de arrancar largas tiras de corteza de hibisco. Inmediatamente comenzó el ritual de ir machacando con piedras las raíces de sakau, dispuestas sobre la plancha de piedra. Esta plancha —de basalto— tiene un sonido metálico al golpearla con las piedras que sirven para machacar las raíces de sakau, y los oficiantes comenzaron por golpearla para señalar el inicio de la ceremonia en sí.

Cuando las raíces ya estuvieron prácticamente trituradas —en cuyo proceso intervinieron seis oficiantes sentados alredededor de la piedra-base—, se hizo perceptible el ritmo del repiqueteo de las piedras. Este ritmo, aplicado al unísono por todos los que están machacando las raíces, depende a su vez también del rango de la persona principal presente en la ceremonia, siendo el ritmo final idéntico al que se percibe escuchando el tamborcillo de mano de cualquier oficiante en cualquier lamasería del área Himalaya.

Cuando ya estuvo completamente triturada la raíz de sakau, la salpicamos con agua fresca, al igual que las tiras de corteza de hibisco. Inmediatamente nuestros anfitriones pasaron a amasar las raíces trituradas con agua, mientras otros ya habían dispuesto la corteza en un extremo de la piedra de sakau, para irla rellenando con la masa de raíces.

Esta fue envuelta —liada— completamente en la corteza, hasta formar un largo y grueso canuto que luego uno de ellos fue exprimiendo con lentitud y fuerza para que el jugo resultante se escurriera en un cuenco de coco. Nos lo tendieron para iniciar la ingestión, tras lo cual lo fuimos ofreciendo a cada uno de los presentes, como es costumbre entre ellos.

Es un jugo espeso, marrón, amargo y refrescante, que tiene la ventaja de no contener las fibras de la yuca masticada por las mujeres de la tribu, que ingerí con la chicha durante mi convivencia con los jívaros del curso alto del río Santiago, en la selva ecuatoriana.

Lo que ingerimos aquí, en Pohnpei, es una droga adormecedora, la kawaína, cuyos efectos se comienzan a advertir en una insensibilización de los labios y de la punta de la lengua. Es un principio activo modificador del sistema nervioso, que produce la parálisis de las fibras centrípedas. El abuso de su ingesta puede conducir finalmente a una caquexia mortal. De todas formas, esto no se da entre los habitantes de Pohnpei, que saben dosificarse perfectamente su ración diaria de sakau. Precisamente porque no toman el sakau por drogadicción, sino porque constituye para ellos ancestralmente un vehículo de comunicación sagrado. De comunicación con seres superiores.

Vayamos pues a la comunicación celeste de los antiguos habitantes de esta pequeña isla —más pequeña que, por ejemplo, Ibiza—.

PADRE EXTRATERRESTRE Y MADRE TERRESTRE

Comienza la conexión celeste de los antiguos pohnpeyanos con un hombre llamado Kanekin Zapatan, descendido de las alturas, de un lugar desconocido, a Pohnpei, acompañado de un grupo de personas que sabían volar. Kanekin Zapatan se fija en la hija de un jefe nativo. Tenemos así a un hombre descendido del cielo que se casa con una mujer terrestre. Ya conocemos eso de los textos bíblicos.

Urgido para el regreso por sus acompañantes, reclama sus alas y su aditivo capilar —un casco que llevaba— para poder reunirse en las alturas con los suyos.

Le acompaña también su mujer, y literalmente dice la tradición:

“Metió a la mujer en el cabello y alrededor de él ajustó el nudo”.

¿Cabría en aquella remota época mejor concreción para indicar que le puso un casco, imprescindible para levantar el vuelo?

Huye pues con la hija del jefe nativo, que en el trayecto da a luz a un niño distinto, dotado de grandes poderes mágicos. Este niño se llamará Luk, al que dejan en tierra mientras ellos prosiguen su vuelo. Más adelante Luk enciende una hoguera, para ascender en su humo, sobre un tambor, al cielo, imagen ésta que puede equipararse a la del despegue de un cohete portador de una cápsula tripulada. Al reencontrarse con sus padres les recuerda que “me engendrasteis en la Tierra”.

La narración también afirma de él que “sabía andar sobre el mar”. Se suceden los símiles con pasajes bíblicos.

DOMINABAN LA TÉCNICA DEL VUELO

“En aquella época” —me cuenta Masao al pie del camino que conduce hacia Nan Madol— “la raza de los hombres era distinta. Estaban más dotados, ya que eran capaces de transformar la piedra y de efectuar trabajos muy difíciles en la misma, pero esta gente habilidosa ya no existe hoy en Pohnpei. Hoy ya no son como la gente de antes, son distintos, ya que aquéllos poseían poderes mágicos y eran fuertes.”

Un curioso invento lo constituyen los sacos voladores que aparecen en algún que otro relato de los tiempos antiguos de la isla. Se trataba de vehículos volantes de gran movilidad con capacidad para un solo tripulante. Incluso quedan narraciones que refieren combates entre varios de estos sacos voladores.

En relación con este tema, le pregunté a Masao si antiguamente habían existido en la isla hombres voladores.

“¿Hombres volantes? No. No volaban propiamente, sino que penetraban en grandes pájaros, pronunciaban palabras mágicas, el pájaro se alzaba y volaba con ellos dentro. Construyeron pájaros voladores con árboles.”

DOS HERMANOS CON PODERES MÁGICOS

Es hora ya de que me refiera al principal enigma que plantea esta isla: la ciudad muerta de Nan Madol. Para ello hay que remontarse nuevamente a los relatos tradicionales de los nativos. Cuentan éstos que muchísimo tiempo después de la llegada de la primera canoa con las nueve parejas (ver “Más Allá” n°…), hacen aparición en la isla dos hermanos: Olosipe y Olosaupa. Con ellos comienza el enigma de la ciudad de Nan Madol.

El único recuerdo ancestral que los nativos conservan sobre la construcción de dicha ciudad, es el que refiere su origen a la actuación, absolutamente mágica, de estos dos personajes.

Nadie sabe de dónde vinieron; llegaron en una nube y descendieron en Sokehs, en el norte de la isla. Eran constructores, ingenieros, arquitectos extraordinariamente inteligentes y dotados de poderosos recursos mágicos. Pero además sacerdotes e instructores, que sacaron a los pohnpeyanos de su ignorancia y de su primitivismo. Llegaron a Pohnpei para edificar allí un santuario consagrado a un protector de la tierra y del mar: la anguila, desde entonces el animal totémico por excelencia de Pohnpei.

Hay que tener en cuenta que el pohnpeyano no adora a la anguila misma como animal, sino por lo que éste representa: en su cuerpo habita el espíritu, la divinidad. La anguila es así un vehículo de la divinidad. Como lo es la serpiente para los aborígenes australianos y para los pueblos mesoamericanos, entre otros. ¿Y por qué en Pohnpei no aparece la figura de la serpiente, cobrando vigor, en su lugar, la de la anguila? Pues porque es el único animal que el nativo pohnpeyano puede asimilar a la imagen de una serpiente, por la sencilla razón de que en su pequeña isla las serpientes no existen.

Pero volvamos al propósito de Olosipe y Olosaupa: erigirle un santuario a esta anguila sagrada.

Siendo la anguila una serpiente acuática, el santuario debía erigirse en un lugar que fuera a la vez mar y tierra: el arrecife coralífero que rodea a la isla.

EL FEUDO DE LOS REYES DEL SOL
Recorrieron, pues, la costa de la isla desde el promontorio de Sokehs, en el Norte, en busca de un lugar idóneo. Lo hallaron en un lugar llamado Sau Nalan, cuyo significado era el Sol. El santuario debía recibir el nombre de Nanisounsap, que significa “lugar del rey del Sol”. Pensile Lawrence, transmisor ya citado del conocimiento esotérico de Pohnpei, me confesaría:

“Se decidieron por el actual enclave de Nan Madol, puesto que en aquel lugar preciso observaron luces extrañas en el mar.”

De acuerdo también con la versión esotérica, debajo de Nan Madol yace Kanimeiso, la “ciudad de nadie”.

Por ende, cabe comentar aquí que todo el simbolismo de la construcción del santuario apunta hacia el feudo de los reyes del Sol: Nan Tauas, la construcción principal del conjunto, se halla en el vértice oriental (hacia donde sale el Sol) de Nanisounsap (el lugar del rey del Sol), erigido a su vez en el extremo oriental de Sau Nalan (el Sol), que a su vez constituye el flanco oriental, o sea de la salida del Sol, de la isla de Pohnpei.

TRANSPORTE AÉREO
Cuando regresamos de la jungla de Salapwuk, nos instalamos pues en el minúsculo y paradisíaco islote de Joy Island (antiguamente Nahnningi, el “pedazo de tierra pescado del fondo del mar”, o sea un trozo del paraíso, puesto que eso es para los pohnpeyanos el fondo del mar). En el islote sólo vivía Nahzy Susumu.

Con él, con nuestra compañera, guía e intérprete Carmelida Gargina, con los grandes cangrejos cocoteros, dos perros y algunos cerdos, con las rayas y con las crías y algún que otro padre de tiburón y con la desdichada morena que pescó Carmelida a golpe limpio de mi machete para cocerla luego aún medio viva en las brasas de nuestra hoguera, compartimos las inolvidables y solitarias noches de este mágico arrecife coralífero del Pacífico.

¿Mágico?: Absolutamente mágico. De día, íbamos a visitar desde allí las cercanas ruinas de Nan Madol: 91 islotes artificiales construidos sobre el arrecife, a base de la superposición —única en el mundo— de enormes columnas de basalto. Analizamos todas las posibilidades que podían ofrecerse de transportar estas columnas desde la cantera que se hallaba al norte de la isla, hasta el enclave en que habían sido apiladas en Nan Madol. Por tierra, imposible, dado que la espesa jungla que cubría toda la isla, y los intrincados manglares que se extendían a lo largo de la costa, hacían imposible el transporte de estos enormes bloques de piedra.

Cabía la posibilidad de un transporte por mar, a lo largo del arrecife. Miquel Amat, experto navegante, me comentó sin embargo que la única posibilidad habría sido, en época tan lejana, el sujetar cada columna de piedra debajo de una enorme balsa, para evitar que esta zozobrara y se hundiera.
Pero entonces, ¿cómo habrían podido salvar la barrera coralífera con la que habrían topado? El transporte era a todas luces imposible. Excepto para los iniciados, aquellos privilegiados isleños que conocían la historia auténtica de su tierra.

A la luz de la hoguera, en noche de plenilunio, un descendiente de tsamoro me confió que para ellos no es ningún secreto el que Olosipe y Olosaupa, los dos hermanos constructores, estaban dotados de un extraordinario poder mágico:

“Convocaron a todas las piedras para que vinieran por sí solas y formaran las imponentes construcciones. Olosipe y Olosaupa llamaron a las piedras que estaban en Sokehs. Estas oyeron su llamada mágica y acudieron volando junto a los dos hermanos. Por procedimientos mágicos éstos ordenaron a cada uno de los grandes bloques de piedra que ocupara su sitio correspondiente en las construcciones. Tal es la forma en que se construyó Nan Madol.”

Quien se sonría ante mi ingenuidad, recuerde las palabras del jefe hopi White Bear, cuando explica —sin tener ni la más remota idea de lo que cuentan los transmisores del conocimiento en Pohnpei— que exactamente este corte y trasporte de enormes bloques de piedra es lo que los katchinas —seres que dominaban el secreto del vuelo— enseñaron a los antepasados de los indios hopi, hoy asentados en Arizona, y que por su parte afirman proceder del Pacífico.

Es más: vimos que en la relación solar de todo el simbolismo construccional y de emplazamiento del santuario del rey del Sol —Nanisounsap— el edificio principal, Nan Tauas, ocupaba el vértice más oriental, o sea dirigido al Sol naciente.

Pues bien, Tauas significa en lenguaje hopi exactamente esto mismo: Sol.

EL MISTERIO ESTA DEBAJO
Todo esto no son más que los testimonios visibles y averiguables —cuando se pregunta con tiento— de los enigmas que presenta la isla de Pohnpei. Ocultos quedan sus auténticos misterios. O su auténtico misterio. Aquél que está implícito en el propio nombre de Pohnpei: “Sobre el secreto”.

Tuve que desandar la selva monte arriba para que en lo alto del reino de Kiti, en Salapwuk, uno de los principales celadores del secreto me dijera que la isla que estábamos pisando no era más que el tapón puesto encima de un gran secreto que se escondía debajo, razón y origen de la sociedad secreta que allí funcionaba.

Tuve que cruzar luego los manglares y navegar hasta Nahnningi, y por ende explorar las ya devastadas ruinas de la ciudad prohibida de Nan Madol, para ir arrancándoles a algunos nativos iniciados la confesión de que Nan Madol no es más que una señal en forma de desafiante ciudad que indica que frente a su muralla externa, allí donde moran los tiburones, se esconde bajo las aguas otra ciudad de construcción muchísimo más antigua.

Sendas expediciones australiana, norteamericana y japonesa confirman que allí, a nueve metros de profundidad, descubrieron los vértices superiores de diez columnas verticales de 20 metros de altura cada una. Nadie explica lo que ha encontrado agua abajo de estas diez columnas submarinas, de una cultura absolutamente distinta a la de los constructores de Nan Madol: éstos dispusieron la totalidad de los bloques de basalto en forma horizontal, mientras que las mencionadas columnas submarinas se hallan todas en posición vertical.

Pero eso es solamente el principio de lo que allí se esconde. Quedan para el recuerdo más reciente los sarcófagos de platino extraídos de allí entre las dos guerras mundiales por los buzos japoneses. Y para el más remoto, las luces vistas en este punto del mar por los instructores y constructores Olosipe y Olosaupa, que supieron así en dónde debían erigirle un santuario a la anguila sagrada.

El motivo de este artículo ahora, al cabo de siete años de haber visitado la isla, no es otro que el de remozar la memoria y dejar constancia de este misterio para las generaciones futuras, para las que Pohnpei no será más que una diminuta isla en el Pacífico, invadida por el moderno turismo motorizado japonés. Les debía este homenaje a los Sau Rakim de Pohn Pei, que supieron desaparecer sin haber narrado más que una parte de su saber, testimoniando así su pertenencia a la universal comunidad de iniciados.

El buen amigo, periodista, viajero, buscador y aventurero catalán Jorge Juan Sánchez García, que visitó Pohnpei en el mes de octubre de 1990, me comunica que desde mi estancia en la isla murió el celador de Salapwuk, Pernis Washndon, y se suicidó el joven y solitario Nahzy Susumu, que registraba el paso de cualquier extranjero a Nan Madol.

La sociedad secreta de los tsamoro no traiciona sus principios.
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FUENTE: http://www.bibliotecapleyades.net

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Nuevas Imagenes y Mimos para Mimas,una de las Lunas mas raras del Sistema Solar

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FOTOGRAFIA DEL CRATER HERSCHEL TOMADA POR LA SONDA CASSINI EL 13 DE FEBRERO DE 2010
Sábado, 27 de febrero de 2010

NUEVAS IMAGENES Y MIMOS PARA MIMAS, UNA DE LAS LUNAS MAS RARAS DEL SISTEMA SOLAR

“La Estrella de la Muerte” (existe, y está en Saturno)
“Hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana… Es un período de guerra civil. Las naves rebeldes, que atacan desde una base oculta, tuvieron su primera victoria contra el imperio galáctico. Durante la batalla, espías rebeldes robaron los planos secretos del arma más reciente del Imperio, la Estrella de la Muerte, una estación espacial blindada con poder suficiente para destruir un planeta entero…”
Introducción de Star Wars. (George Lucas, 1977)

Por Mariano Ribas

A más de mil millones de kilómetros de la Tierra, en pleno imperio de Saturno, la naturaleza parece hacernos un guiño cómplice y juguetón. Allí, una pequeña luna ostenta un cráter completamente desproporcionado para su modesto cuerpito de hielo y roca. La marca de un terrible impacto que, hace cientos o miles de millones de años, pudo haberla destruido por completo. Sin embargo, allí está Mimas, dándonos, quizás, el ejemplo más extremo de supervivencia astronómica de todo el Sistema Solar. De por sí, no es poco. Y como veremos, eso sólo ya nos deja mucha tela para cortar. Pero hay algo más, y hete aquí la parte más divertida del asunto.

Desde hace unas décadas, esta lunita lleva un curioso sobrenombre, un mote con el que la conocen millones de personas: “Estrella de la Muerte” (haga la prueba ahora mismo con una breve búsqueda en Internet). Claro, así se llamaba la terrorífica estación de combate que aparecía una y otra vez en la maravillosa Star Wars. Y mirando las fotos, la verdad es que se parecen. Y bien, hace unos días, la sonda espacial Cassini volvió a sobrevolar a Mimas. Muy de cerca. Y nos envío las vistas más nítidas jamás tomadas de su castigada superficie. Una excelente excusa para echarle una mirada a su historia, a sus misterios, y también, a los orígenes de su curioso apodo.

DE HERSCHEL A LAS VOYAGER
William Herschel nunca vio Star Wars, pero sí fue el primero en ver a la “Estrella de la Muerte”. En la noche del 17 de septiembre de 1789, el descubridor de Urano (1781) estaba literalmente colgado de su enorme telescopio (de 1,2 metro de diámetro, el más poderoso de la época), observando las inmediaciones de Saturno. Estaba muy entusiasmado porque dos días antes había dado con un nuevo satélite del planeta (Encelado), y tenía esperanzas de encontrar otro más. Después de un rato, y ya algo cansado, decidió poner especial atención en la zona más próxima a los anillos. Y de pronto le pareció ver un escuálido punto de luz, casi rozando el borde externo de los anillos. Tras varias horas de observación, finalmente, Herschel se convenció de que allí realmente había algo. Y como parecía ser el más interno de los satélites del planeta, lo bautizó, simplemente, Saturno I. El nombre Mimas recién llegaría unos años más tarde.

Lo cierto es que, más allá de su período orbital (unas 23 horas), y algunas crudas estimaciones sobre su tamaño, durante los dos siglos siguientes poco y nada se supo de Mimas. Finalmente, en noviembre de 1980, la sonda Voyager 1 (NASA) sobrevoló el sistema de Saturno, y entre otras cosas se hizo un tiempito para echarle una mirada, distante y fugaz, al hallazgo de Herschel. Y lo mismo hizo su gemela, la Voyager 2, en agosto de 1981. Las imágenes eran bastante crudas, pero alcanzaron para delinear los rasgos más gruesos de Mimas. Incluyendo, por supuesto, su sello distintivo.

REVELACIONES
Las Voyager revelaron que Mimas mide casi 400 kilómetros de diámetro. Y eso lo clasifica como una luna de tamaño medio (Saturno tiene otras mucho más grandes, como Rhea, Japeto y ni hablar de Titán, pero, también, decenas que son mucho mas chicas). Es apenas lo suficientemente grande y masiva como para alcanzar, gravedad mediante, una forma pasablemente esférica. Teniendo en cuenta su aspecto externo y su baja densidad, apenas 1,2 gramo por centímetro cúbico (cosa que se dedujo al comparar su masa con su volumen), los geólogos planetarios de aquel entonces dedujeron que se trataba de una bola de hielo con un pequeño núcleo rocoso (y esa idea persiste hoy en día). Algo muy típico en las lunas de los planetas gigantes.

En cuanto a la superficie, las imágenes de las Voyager mostraron un mundito bombardeado de cráteres. Pero había uno que se destacaba a más no poder: una fosa de 130 kilómetros de diámetro, situada prácticamente en el ecuador de Mimas, y adornada con un complejo “picacho” central (algo muy común en los grandes cráteres del Sistema Solar). Con toda justicia, ese cráter descomunal fue bautizado Herschel. Y hasta el día de hoy ha dado mucho que hablar, disparando cuestiones científicas y otras, bueno, no tanto…

MIMAS Y STAR WARS
Y sí: resulta que las imágenes de Mimas tomadas por la Voyager 1 llegaron a los medios masivos de comunicación apenas unos meses después del estreno de El Imperio contraataca, la oscura (y aún mejor) continuación de Star Wars (que para nosotros es La Guerra de las Galaxias, aunque sólo por una cuestión de tradición, porque la traducción es bastante desacertada). Ambas películas (y las que le siguieron) desataron uno de los más grandes y curiosos fenómenos culturales de nuestros tiempos. De pronto, un nuevo y maravilloso universo se derramó sobre la cultura pop mundial: extraños mundos, entrañables personajes (humanos, robots y alienígenas), naves espaciales y fabulosas tecnologías. Y sin dudas, uno de los aparatejos más emblemáticos de Star Wars era la “Estrella de la Muerte”, aquella inmensa bola metálica con la que Darth Vader y el Imperio tenían atemorizada a toda una galaxia. Y la verdad es que Mimas se le parecía. Al menos a primera vista, claro: según consta en los “documentos” de la saga, la base imperial medía 120 kilómetros, bastante menos que Mimas. Pero es un detalle. Lo concreto es que para millones de personas astrónomos incluidos la luna de Herschel parecía ser una réplica natural de la estación de combate imperial. La relación entre realidad y fantasía saltó de inmediato. Dicho todo esto, ahora volvamos a las otras cuestiones que nos quedaron pendientes…

AL LIMITE
Decir que el cráter Herschel mide 130 kilómetros, es decir que tiene la tercera parte del diámetro de Mimas. Es mucho. En realidad, es demasiado: no hay ninguna otra cosa en todo el Sistema Solar que muestre semejante relación. Tomando como ejemplo a la Tierra, estaríamos hablando de un cráter de 4000 kilómetros. Asusta de sólo pensarlo. Los geólogos planetarios coinciden en que la causa del cráter Herschel debió haber sido el impacto de un cometa o asteroide de 5 a 10 kilómetros de diámetro, estrellándose contra Mimas a una velocidad de 30 a 50 Km/segundo. Pero también dicen que se trata de un caso límite: si el objeto impactador y la velocidad de la colisión hubiesen sido un poco mayores, Mimas hoy no existiría. Y sus restos estarían formando otro anillo orbitando alrededor de Saturno.

CASSINI VISITA A MIMAS
Después de las legendarias Voyager, pasaron unos cuantos años antes de que otra nave visitara a Saturno y su corte. Finalmente, a mediados de 2004, la Cassini/Huygens (una misión conjunta de la NASA y la Agencia Espacial Europea) se colocó en órbita del planeta anillado. Y desde entonces, allí está. La Cassini ha hecho de todo (incluso, hasta despachar a la subsonda Huygens a la superficie de Titán). Y entre sus aventuras, aquí corresponde mencionar dos sobrevuelos a Mimas, en 2005, que aportaron nuevas imágenes, incluyendo vistas detalladas de fracturas superficiales, que podrían estar asociadas al impacto que originó al cráter Herschel.

A propósito, y hete aquí la novedad: hace apenas dos semanas, el 13 de febrero, la nave tuvo su tercer y más cercano encuentro con Mimas, pasando a sólo 9500 kilómetros por encima de sus castigados y gélidos suelos blancos. Y fue justamente en esa pasada, casi al ras, que obtuvo nuevas, finas, e impresionantes vistas del famoso cráter, como la que aquí vemos. Esa cicatriz, grande y profunda, que casi le cuesta la vida a la verdadera “Estrella de la Muerte”. Que a pesar de todo, ahí está. En cambio, la otra, la de Star Wars, la que el sabio ObiWan Kenobi supo reconocer, aún de lejos, como una monstruosa maquinaria bélica, ya no existe. Porque, como todos sabemos, la destruyeron Luke Skywalker y sus compañeros.
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Somos supervivientes de algún Cataclismo

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A veces me pregunto, si no sabemos quienes somos de donde venimos ni a donde vamos
somos supervivientes de algún cataclismo y nuestra historia fué borrada de nuestra memoria.

La atlántida de Platón
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Fragmentos íntegros de los Diálogos de Platón, Timeo y Critias (escritos alrededor del 350 a.C), donde podemos encontrar las referencias a la Atlántida en las conversaciones que Platón creó entre Sócrates y sus estudiantes Timeo, Hermócrates, Critias…).

Fragmento del Texto TIMEO de Platón referido a la Atlántida

Al principio del Diálogo, Sócrates menciona la discusión del día anterior sobre la sociedad “perfecta”, (Platón hace aquí referencia a su obra “La República”, escrita unos años antes). Sócrates, ante las discusiones hipotéticas de sus estudiantes, les propone una tarea: ejemplificar la perfección de una sociedad que vive de acuerdo con los preceptos expuestos en “La República” y que entabla una guerra justa.
Critias responde diligentemente a la sugerencia del maestro e inicia su explicación:
CRI.– Escucha, entonces, Sócrates, un relato muy extraño, pero absolutamente verdadero, tal como en una ocasión lo relataba Solón, el más sabio de los siete, que era pariente y muy amigo de mi bisabuelo Drópida, como él mismo afirma en muchos pasajes de su obra poética. Le contó a Critias, nuestro abuelo, que de viejo nos lo relataba a nosotros, que grandes y admirables hazañas antiguas de esta ciudad habían desaparecido a causa del tiempo transcurrido y la destrucción de sus habitantes, y, de todas, una, la más extraordinaria, convendría que ahora a través del recuerdo te la ofreciéramos como presente, para elevar al mismo tiempo loas a la diosa con justicia y verdad en el día de su fiesta nacional, como si le cantáramos un himno.
SÓC.– Bien dices. Pero, por cierto, ¿no explicaba Critias cuál era esta hazaña que, según la historia de Solón, no era una mera fábula, sino que esta ciudad la realizó efectivamente en tiempos remotos?
CRI.–Te la diré, aunque escuchada como un relato antiguo de un hombre no precisamente joven. Pues entonces Critias, así decía, tenía ya casi noventa años y yo, a lo sumo diez. Era, casualmente, la Kureotis, el tercer día de los Apaturia. A los muchachos les sucedió lo que es siempre habitual en esa fiesta y lo era también entonces. Nuestros padres hicieron certámenes de recitación. Se declamaron poemas de muchos poetas y, como en aquella época los de Solón eran recientes, muchos niños los cantamos. Uno de los miembros de la fratría, sea que lo creía realmente o por hacerle un cumplido a Critias, dijo que si bien Solón le parecía muy sabio en todos los otros campos, en la poesía lo tenía por el más libre de todos los poetas. El anciano, entonces –me acuerdo con gran claridad– se puso muy contento y sonriendo dijo: “¡Ay Aminandro!, ¡ojalá la poesía no hubiera sido para él una actividad secundaria! Si se hubiera esforzado como los otros y hubiera terminado el argumento que trajo de Egipto y, si, al llegar aquí, las contiendas civiles y otros males no lo hubieran obligado a descuidar todo lo que descubrió allí, ni Hesíodo ni Homero, en mi opinión, ni ningún otro poeta jamás habría llegado a tener una fama mayor que la suya”. “¿Qué historia era, Critias?”, preguntó el otro. “La historia de la hazaña más importante y, con justicia, la más renombrada de todas las realizadas por nuestra ciudad, pero que no llegó hasta nosotros por el tiempo transcurrido y por la desaparición de los que la llevaron a cabo”, dijo el anciano. “Cuenta desde el comienzo”, exclamó el otro, “qué decía Solón, y cómo y de quiénes la había escuchado como algo verdadero”.
“En Egipto”, comenzó Critias, “donde la corriente del Nilo se divide en dos en el extremo inferior del Delta, hay una región llamada Saítica, cuya ciudad más importante, Sais –de donde, por cierto, también era el rey Amasis–, tiene por patrona una diosa cuyo nombre en egipcio es Neith y en griego, según la versión de aquellos, Atenea. Afirman que aprecian mucho a Atenas y sostienen que en cierta forma están emparentados con los de esta ciudad. Solón contaba que cuando llegó allí recibió de ellos muchos honores y que, al consultar sobre las antigüedades a los sacerdotes que más conocían el tema, descubrió que ni él mismo ni ningún otro griego sabía, por decir así, prácticamente nada acerca de esos asuntos. En una ocasión, para entablar conversación con ellos sobre esto, se puso a contar los hechos más antiguos de esta ciudad, la historia de Foroneo, del que se dice que es el primer hombre, y de Níobe y narró cómo Deucalión y Pirras sobrevivieron después del diluvio e hizo la genealogía de sus descendientes y quiso calcular el tiempo transcurrido desde entonces recordando cuántos años había vivido cada uno. En ese instante, un sacerdote muy anciano exclamó: ‘¡Ay!, Solón, Solón, ¡los griegos seréis siempre niños!, ¡no existe el griego viejo!’ Al escuchar esto, Solón le preguntó: ‘¿Por qué lo dices? ‘Todos’, replicó aquél, ‘tenéis almas de jóvenes, sin creencias antiguas transmitidas por una larga tradición y carecéis de conocimientos encanecidos por el tiempo. Esto se debe a que tuvieron y tendrán lugar muchas destrucciones de hombres, las más grandes por fuego y agua, pero también otras menores provocadas por otras innumerables causas. Tomemos un ejemplo, lo que se cuenta entre vosotros de que una vez Faetón, el hijo del Sol montó en el carro de su padre y, por no ser capaz de marchar por el sendero paterno, quemó lo que estaba sobre la tierra y murió alcanzado por un rayo. La historia, aunque relatada como una leyenda, se refiere, en realidad, a una desviación de los cuerpos que en el cielo giran alrededor de la tierra y a la destrucción, a grandes intervalos, de lo que cubre la superficie terrestre por un gran fuego. Entonces, el número de habitantes de las montañas y de lugares altos y secos que muere es mayor que el de los que viven cerca de los ríos y el mar. El Nilo, salvador nuestro en otras ocasiones, también nos salva entonces de esa desgracia. Pero cuando los dioses purifican la tierra con aguas y la inundan, se salvan los habitantes de las montañas, pastores de bueyes y cabras, y los que viven en vuestras ciudades son arrastrados al mar por los ríos. En esta región, ni entonces ni nunca fluye el agua de arriba sobre los campos, sino que, por el contrario, es natural que suba, en su totalidad, desde el interior de la tierra. Por ello se dice que lo que aquí se conserva es lo más antiguo. En realidad, sin embargo, en todas las regiones en las que no se da un invierno riguroso y un calor extremo, la raza humana, en mayor o menor número, está siempre presente. Desde antiguo registramos y conservamos en nuestros templos todo aquello que llega a nuestros oídos acerca de lo que pasa entre vosotros, aquí o en cualquier otro lugar, si sucedió algo bello, importante o con otra peculiaridad. Contrariamente, siempre que vosotros, o los demás, os acabáis de proveer de escritura y de todo lo que necesita una ciudad, después del período habitual de años, os vuelve a caer, como una enfermedad, un torrente celestial que deja sólo a los iletrados e incultos, de modo que nacéis de nuevo, como niños, desde el principio, sin saber nada ni de nuestra ciudad ni de lo que ha sucedido entre vosotros durante las épocas antiguas. Por ejemplo, Solón, las genealogías de los vuestros que acabas de exponer poco se diferencian de los cuentos de niños, porque, primero, recordáis un diluvio sobre la tierra, mientras que antes de él habían sucedido muchos y, en segundo lugar, no sabéis ya que la raza mejor y más bella de entre los hombres nació en vuestra región, de la que tú y toda la ciudad vuestra descendéis ahora, al quedar una vez un poco de simiente. Lo habéis olvidado porque los que sobrevivieron ignoraron la escritura durante muchas generaciones. En efecto, antes de la gran destrucción por el agua, la que es ahora la ciudad de los atenienses era la mejor en la guerra y la más absolutamente obediente de las leyes. Cuentan que tuvieron lugar las hazañas más hermosas y que se dio la mejor organización política de todas cuantas hemos recibido noticia bajo el cielo.’ Solón solía decir que al escucharlo se sorprendió y tuvo muchas ganas de conocer más, de modo que pidió que le contara con exactitud todo lo que los sacerdotes conservaban de los antiguos atenienses. El sacerdote replicó: ‘Sin ninguna reticencia, oh Solón, lo contaré por ti y por vuestra ciudad, pero sobre todo por la diosa a la que tocó en suerte vuestra patria y también la nuestra y las crió y educó, primero aquélla, mil años antes, después de recibir simiente de Gea y Hefesto, y, más tarde, ésta. Los escritos sagrados establecen la cantidad de ocho mil años para el orden imperante entre nosotros. Ahora, te haré un resumen de las leyes de los ciudadanos de hace nueve mil años y de la hazaña más heroica que realizaron. Más tarde, tomaremos con tranquilidad los escritos mismos y discurriremos en detalle y ordenadamente acerca de todo. En cuanto a las leyes, observa las nuestras, pues descubrirás ahora aquí muchos ejemplos de las que existían entonces entre vosotros. En primer lugar, el que la casta de los sacerdotes esté separada de las otras; después, lo de los artesanos, el que cada oficio trabaje individualmente sin mezclarse con el otro, ni tampoco los pastores, los cazadores ni los agricultores. En particular, supongo que habrás notado que aquí el estamento de los guerreros se encuentra separado de los restantes y que sólo tiene las ocupaciones guerreras que la ley le ordena. Además, la manera en que se arman con escudos y espadas, que fuimos los primeros en utilizar en Asia tal como la diosa los dio a conocer por primera vez en aquellas regiones entre vosotros. También, ves, creo, cuánto se preocupó nuestra ley desde sus inicios por la sabiduría pues, tras descubrirlo todo acerca del universo, incluidas la adivinación y la medicina, lo trasladó de estos seres divinos al ámbito humano para salud de éste y adquirió el resto de los conocimientos que están relacionados con ellos. En aquel tiempo, pues, la diosa os impuso a vosotros en primer lugar todo este orden y disposición y fundó vuestra ciudad después de elegir la región en que nacisteis porque vio que la buena mezcla de estaciones que se daba en ella podría llegar a producir los hombres más prudentes. Como es amiga de la guerra y de la sabiduría, eligió primero el sitio que daría los hombres más adecuados a ella y lo pobló. Vivíais, pues, bajo estas leyes y, lo que es más importante aún, las respetabais y superabais en virtud a todos los hombres, como es lógico, ya que erais hijos y alumnos de dioses. Admiramos muchas y grandes hazañas de vuestra ciudad registradas aquí, pero una de entre todas se destaca por importancia y excelencia. En efecto, nuestros escritos refieren cómo vuestra ciudad detuvo en una ocasión la marcha insolente de un gran imperio, que avanzaba del exterior, desde el Océano Atlántico, sobre toda Europa y Asia. En aquella época, se podía atravesar aquel océano dado que había una isla delante de la desembocadura que vosotros, así decís, llamáis columnas de Heracles. Esta isla era mayor que Libia y Asia juntas y de ella los de entonces podían pasar a las otras islas y de las islas a toda la tierra firme que se encontraba frente a ellas y rodeaba el océano auténtico, puesto que lo que quedaba dentro de la desembocadura que mencionamos parecía una bahía con un ingreso estrecho. En realidad, era mar y la región que lo rodeaba totalmente podría ser llamada con absoluta corrección tierra firme. En dicha isla, Atlántida, había surgido una confederación de reyes grande y maravillosa que gobernaba sobre ella y muchas otras islas, así como partes de la tierra firme. En este continente, dominaban también los pueblos de Libia, hasta Egipto, y Europa hasta Tirrenia. Toda esta potencia unida intentó una vez esclavizar en un ataque a toda vuestra región, la nuestra y el interior de la desembocadura. Entonces, Solón, el poderío de vuestra ciudad se hizo famoso entre todos los hombres por su excelencia y fuerza, pues superó a todos en valentía y en artes guerreras, condujo en un momento de la lucha a los griegos, luego se vio obligada a combatir sola cuando los otros se separaron, corrió los peligros más extremos y dominó a los que nos atacaban. Alcanzó así una gran victoria e impidió que los que todavía no habían sido esclavizados lo fueran y al resto, cuantos habitábamos más acá de los confines heráclidas, nos liberó generosamente. Posteriormente, tras un violento terremoto y un diluvio extraordinario, en un día y una noche terribles, la clase guerrera vuestra se hundió toda a la vez bajo la tierra y la isla de Atlántida desapareció de la misma manera, hundiéndose en el mar. Por ello, aún ahora el océano es allí intransitable e inescrutable, porque lo impide la arcilla que produjo la isla asentada en ese lugar y que se encuentra a muy poca profundidad”.
Fragmento del CRITIAS de Platón, referido a la Atlántida.

En esta obra, inacabada, Critias habla con Sócrates, retomando el tema de la sociedad ideal de la Atlántida, aportando una descripción de ella:
CRIT. –Tal como dije antes acerca del sorteo de los dioses -que se distribuyeron toda la tierra, aquí en parcelas mayores, allí en menores e instauraron templos y sacrificios para sí-, cuando a Posidón le tocó en suerte la isla de Atlántida la pobló con sus descendientes, nacidos de una mujer mortal en un lugar de las siguientes características. El centro de la isla estaba ocupado por una llanura en dirección al mar, de la que se dice que era la más bella de todas, y de buena calidad, y en cuyo centro, a su vez, había una montaña baja por todas partes, que distaba unos cincuenta estadios del mar. En dicha montaña habitaba uno de los hombres que en esa región habían nacido de la tierra, Evenor de nombre, que convivía con su mujer Leucipe. Tuvieron una única hija, Clito, cuando la muchacha alcanza la edad de tener un marido, mueren su padre y su madre. Posidón la desea y se une a ella, y, para defender bien la colina en la que habitaba, la aísla por medio de anillos alternos de tierra y mar de mayor y menos dimensión: dos de tierra y tres de mar en total, cavados a partir del centro de la isla, todas a la misma distancia por todas partes, de modo que la colina fuera inaccesible a los hombres.
Entonces todavía no había barcos ni navegación. Él mismo, puesto que era un Dios, ordenó fácilmente la isla que se encontraba en el centro: hizo subir dos fuentes de aguas subterráneas a la superficie -una fluía caliente del manantial y la otra fría- e hizo surgir de la tierra alimentación variada y suficiente. Engendró y crió cinco generaciones de gemelos varones, y dividió toda la isla de Atlántida en diez partes, y entregó la casa materna y la parte que estaba alrededor, la mayor y mejor, al primogénito de los mayores y lo nombró rey de los otros. A los otros los hizo gobernantes y encargó a cada uno el gobierno de muchos hombres y una región de grandes dimensiones. A todos les dio nombres: el mayor y rey, aquel del cual la isla y todo el océano llamado Atlántico tienen un nombre derivado; porque el primero que reinaba entonces llevaba el nombre de Atlante. Al gemelo que nació después de él, al que tocó en suerte la parte externa de la isla, desde las columnas de Heracles hasta la zona denominada ahora en aquel lugar Gadirica, le dio en griego el nombre de Eumelo, pero en la lengua de la región, Gadiro. Su nombre fue probablemente el origen del de esa región. A uno de los que nacieron en segundo lugar lo llamó Anferes, al otro, Evemo. Al que nació primero de los terceros le puso el nombre de Mneseo y al segundo, Autóctono. Al primero del cuarto par le dio el nombre de Elasipo, y el de Méstor al posterior. Al mayor del quinto par de gemelos le puso el nombre de Azaes y al segundo, el de Diáprepes. Todos estos y sus descendientes vivieron allí durante muchas generaciones y gobernaron muchas otras islas en el océano y también dominaron las regiones interiores hacia aquí, como ya se dijo antes, hasta Egipto y Etruria.
La estirpe de Atlas llega a ser numerosa y distinguida. El rey más anciano transmitía siempre al mayor de sus descendientes la monarquía, y la conservaron a lo largo de muchas generaciones. Poseían tan gran cantidad de riquezas como no tuvo nunca antes una dinastía de reyes ni es fácil que llegue a tener en el futuro y estaban provistos de todo de lo que era necesario proveerse en la ciudad y en el resto del país. En efecto, aunque importaban mucho del exterior a causa de su imperio, la mayoría de las cosas necesarias para vivir las proporcionaba la isla. En primer lugar, todo lo que, extraído por la minería, era sólido o fusible, y lo que ahora sólo nombramos -entonces era más que un nombre la especie del oricalco que se extraía de la tierra en muchos lugares de la isla, el más valioso de todos los metales entre los de entonces, con la excepción del oro- y todo lo que proporciona el bosque para los trabajos de los carpinteros, ya que todo lo producían de manera abundante y alimentaba, además, suficientes animales domésticos y salvajes. En especial, la raza de los elefantes era muy numerosa en ella. También tenía comida el resto de los animales que se alimenta en los pantanos, lagunas y ríos y los que pacen en las montañas y en las llanuras, para todos había en abundancia y así también para este animal que es por naturaleza el mayor y el que más come. Además, producía y criaba bien todo lo fragante que hoy da la tierra en cualquier lugar, raíces, follaje, madera, y jugos, destilados, sea de flores o frutos. Pero también el fruto cultivado, el seco, que utilizamos para alimentarnos y cuanto usamos para comida -denominamos legumbres a todas sus clases- y todo lo que es de árboles y nos da bebidas, comidas y aceites, y el que usamos por solaz y placer y llega a ser difícil de almacenar, el fruto de los árboles frutales, y cuantos presentamos como postres agradables al enfermo para estímulo de su apetito, la isla divina que estaba entonces bajo el sol, producía todas estas cosas bellas y admirables y en una cantidad ilimitada. Como recibían todas estas cosas de la tierra, construyeron los templos, los palacios reales, los puertos, los astilleros, y todo el resto de la región, disponiéndolo de la manera siguiente.
En primer lugar, levantaron puentes en los anillos de mar que rodeaban la antigua metrópoli para abrir una vía hacia el exterior y hacia el palacio real. Instalaron directamente desde el principio el palacio real en el edificio del Dios y de sus progenitores y, como cada uno, al recibirlo del otro, mejoraba lo que ya estaba bien, superaba en lo posible a lo anterior, hasta que lo hicieron asombroso por la grandeza y belleza de las obras. A partir del mar, cavaron un canal de trescientos pies de ancho, cien de profundidad y una extensión de cincuenta estadios hasta el anillo exterior y allí hicieron el acceso del mar al canal como a un puerto, abriendo una desembocadura como para que pudieran entrar las naves más grandes. También abrieron, siguiendo la dirección de los puentes, los círculos de tierra que separaba los de mar, lo necesario para que los atravesara un trirremes, y cubrieron la parte superior de modo que el pasaje estuviera debajo, pues los bordes de los anillos de tierra tenían una altura que superaba suficientemente al mar. El anillo mayor, en el que habían vertido el mar por medio de un canal, tenía tres estadios de ancho. El siguiente de tierra era igual a aquel. De los segundos, el líquido tenía un ancho de dos estadios y el seco era, otra vez, igual al líquido anterior. De un estadio era el que corría alrededor de la isla que se encontraba en el centro. La isla, en la que estaba el palacio real, tenía un diámetro de cinco estadios. Rodearon ésta, las zonas circulares y el puente, que tenía una anchura de cien pies, con una muralla de piedras y colocaron sobre los puentes, en los pasajes del mar, torres y puertas a cada lado. Extrajeron la piedra de debajo de la isla central y de debajo de cada una de las zonas circulares exteriores e interiores; las piedras eran de color blanco, negro y rojo. Cuando los extranjeros, construyeron dársenas huecas dobles en el interior, techadas con la misma piedra. Unas casas eran simples, otras mezclaban las piedras y las combinaban de manera variada para su solaz, haciéndolas naturalmente placenteras. Recubrieron de hierra, al que usaban como si fuera pintura, todo el recorrido de la muralla que circundaba el anillo exterior fundieron casiterita sobre la muralla de la zona interior, y oricalco, que poseía unos resplandores de fuego, sobre la que se encontraba alrededor de la Acrópolis El palacio dentro de la Acrópolis estaba dispuesto de la siguiente manera. En el centro, habían consagrado un templo inaccesible a Clito y Posidón, rodeado de una valla de oro: ese era el lugar en el que al principio concibieron y engendraron la estirpe de las diez familias reales. De las diez regiones enviaban cada año hacia allí frutos de la estación como ofrendas para cada uno de ellos. Había un templo de Posidón de un estadio de longitud y trescientos pies de ancho. Su altura parecía proporcional a estas medidas, puesto que tenía una forma algo bárbara. Recubrieron todo el exterior del templo de plata, excepto las cúpulas, que revistieron de oro. En el interior, el techo de marfil, entremezclado con oro, plata y oricalco, tenía una apariencia multicolor. Revistieron las paredes, columnas y pavimento de oricalco. Dentro del templo colocaron imágenes de oro: El dios de pie sobre un carro llevaba las riendas de seis caballos alados y tocaba, a causa de su altura, el techo con la cabeza; lo rodeaban cien nereidas sobre delfines -pues los de aquel entonces creían que eran tantas. En el interior había muchas otras estatuas que eran exvotos de particulares. Afuera, alrededor del templo, había estatuas de oro de todos, de las mujeres y de los hombres que habían pertenecido a la familia de los diez reyes, así como muchos otros exvotos grandes de los reyes y de particulares de la ciudad y de todas las regiones exteriores que dominaron. Había un altar que concordaba en su grandeza y su manufactura con esta construcción. El palacio, igualmente, se adecuaba a la grandeza del Imperio, así como al orden alrededor del templo. Para utilizar las fuentes de agua fría y caliente que por naturaleza tenían una abundante cantidad de agua en sabor y calidad excelente para el uso, construyeron alrededor edificios, hicieron plantaciones de árboles adecuadas a las aguas, levantaron cisternas al aire libre e invernales cubiertas para los baños calientes -aparte las reales, las públicas y las privadas, además de otras para mujeres y otras para caballos y el resto de los animales de tiro- y ordenaron convenientemente cada una de ellas. Dirigieron la corriente de agua hacia el bosque sagrado de Posidón -múltiples y variados árboles de belleza y altura sobrenatural por la calidad de la tierra- y hacia los círculos exteriores por medio de canales que seguían la dirección de los puentes. Habían construido en aquel lugar muchos templos para muchos dioses, muchos jardines y muchos gimnasios, unos de hombres, otros, separados, de caballos, en las dos islas de los anillos. Además, en el centro de la isla mayor había un hipódromo de un estadio de ancho colocado aparte, cuya extensión permitía que los caballos compitiesen libremente todo el perímetro. Alrededor de este había, aquí y allí, casas de guardia para la mayoría de guardianes. La guardia de los más fieles estaba dispuesta en el anillo más pequeño y más cercano a la acrópolis y a los que más se distinguían en su fidelidad les habían dado casas dentro de la acrópolis en torno a los reyes. Los astilleros estaban llenos de trirremes y de todos los artefactos correspondientes, todo adecuadamente preparado. Los alrededores de la casa de los reyes estaban arreglados de la siguiente manera: cuando se atravesaban los puertos desde afuera -que eran tres- una muralla se extendía en círculo, a partir del mar -a cincuenta estadios por todas partes el anillo mayor y de su puerto- y se cerraba en la desembocadura del canal en el mar. Muchas casas poblaban densamente toda esta zona; la entrada del mar y el puerto mayor estaban llenos de barcos y comerciantes llegados de todas partes que, por su multitud, ocasionaban vocerío, ruido y bullicio variado de día y de noche.
Ahora ya tenemos recordados la ciudad y los alrededores de la antigua edificación, tal y como se describieron entonces. Debemos intentar recordar el resto de la región, como era su naturaleza y su forma en que estaba ordenado. En primer lugar, se decía que todo el lugar era muy alto y escarpado desde el mar, pero que los alrededores de la ciudad eran llanos, suaves y planos, circundados a su vez de montañas que llegaban hasta el mar. Esta llanura era de forma oblonga y tenía por un lado tres mil estadios y dos mil en el centro desde el mar hacía arriba. Esta zona de la isla estaba de cara al viento sur, de espaldas a la constelación de la Osa y protegida por el viento del norte. Entonces se loaba que las montañas que la rodeaban superaban por su número, grandeza y belleza a todas las que hay ahora y que tenían en ellas muchas ricas aldeas de vecinos, ríos, lagos y prados que daban alimento suficiente a todos los animales, domésticos y salvajes, bosques variados en cantidad y especie que proveían abundantemente para todas y cada una de las obras. La naturaleza y muchos reyes, con su largo esfuerzo, habían conformado la llanura de la siguiente manera. En su mayor parte era un cuadrilátero rectangular, y lo que faltaba para formarlo lo había corregido por medio de una fosa cavada a su alrededor. Aunque la profundidad, ancho y longitud que les atribuyeron eran tan grandes, sin contar con las otras obras, que resultaba increíble para algo hecho por las manos del hombre, debemos decir los que escuchamos. Habían cavado una profundidad de cien pies; el ancho era en todos lados de un estadio y, como había sido cavada alrededor de toda la llanura, llegaba a la ciudad por ambos lados y allí dejaba fluir el agua al mar. Desde su parte superior habían abierto canales rectos de cien pies de ancho que corrían a lo ancho de la llanura hasta desembocar nuevamente en la fosa que daba al mar y distaban entre sí cien estadios de distancia uno de otro. Así bajaban a la ciudad la madera de las montañas y proveían con barcos el resto de los productos estacionales, ya que habían abierto comunicaciones transversales de unos canales a otros y hacia la ciudad. Cosechaban la tierra dos veces por año, en invierno con las aguas provenientes de Zeus, y en verano conducían desde los canales las corrientes que produce la tierra.
En cuanto número, estaba dispuesto que cada distrito de la llanura con hombres útiles para la guerra proveyera un jefe. La extensión del distrito era de diez veces diez estadios y los distritos era sesenta mil. Se decía que la cantidad de hombres de la montaña y del resto de la región era innumerable; todos estaban distribuidos en estos distritos y asignados a jefes según las zonas y las aldeas. Estaba reglamentado que cada jefe proveyera en caso de guerra la sexta parte de un carro de guerra hasta diez mil carros, dos caballos y jinetes, además de un par de caballos sin carro, un infante con escudo pequeño y el guerrero que lucha sobre el carro y conduce los dos caballos, dos hoplitas, arqueros y honderos, también dos cada uno, lanzadores de piedras y lanceros con armamento ligero, tres cada uno, y cuatro marineros para cubrir la tripulación de mil doscientas naves. Así estaba dispuesto lo concerniente a la guerra en la ciudad real, lo de las nueve restantes lo estaba de otra manera que llevaría mucho tiempo relatar.
Lo relativo a los puestos de gobierno y los honores estuvo ordenado desde el principio de la siguiente manera. Cada uno de los diez reyes imperaba sobre los hombres y sobre la mayoría de las leyes en su parte y en su ciudad, y castigaba y mataba a quien quería. El gobierno y la comunidad de los reyes se regían por las disposiciones de Posidón tal como se las transmitía la constitución y las leyes escritas por los primeros reyes en una columna de oricalco que se encontraba en el centro de la isla en el templo de Posidón, dónde se reunían, bien cada lustro, bien, de manera alternativa, cada seis años, ara honrar igualmente lo par y lo impar. En las reuniones, deliberaban sobre los asuntos comunes e investigaban si alguno había infringido algo y lo sometían a juicio. Cuando iban a dar veredicto se daban primero las siguientes garantías unos a otros. Rogaban a Posidón que tomara la ofrenda sacrificial que le agradara de entre los toros sueltos en su templo y ellos, que eran sólo diez lo cazaban sin hierro, con maderas y redes. Al que atrapaban lo conducían hacia la columna y lo degollaban encima de ella haciendo votos por las leyes escritas. En la columna, junto a las leyes, había un juramento que proclamaba grandes maldiciones para os que las desobedecieran. Tras hacer el sacrificio según sus leyes y ofrecer todos los miembros del toro, llenaban una cratera y vertían en ella un coagulo de sangre por cada uno. El resto lo arrojaban al fuego una vez que habían limpiado la columna. Luego, mientras extraían sangre de la cratera con fuentes doradas y hacían una libación sobre el fuego, juraban juzgar según las leyes de la columna y castigar si alguien hubiera infringido algo antes, y, además, no infringir intencionalmente en el futuro ninguna de las leyes escritas, ni gobernar ni obedecer a ningún gobernante, excepto aquel que ordenara según las leyes del padre. Una vez que cada uno de ellos hubo prometido esto de sí y de su estirpe, bebido y dedicado la fuente como exvoto en el templo del dios y se hubo ocupado de la comida y de las otras necesidades, cuando llegaba la oscuridad y se había enfriado el fuego sacrificial se vestían con un bellísimo vestido púrpura y se sentaban en el suelo junto a las ascuas del juramento sacrificial. Durante la noche, tras apagar el fuego que se encontraba alrededor del templo, eran juzgados y juzgaban si alguien acusaba a alguno de ellos de haber infringido alguna ley. Cuando terminaban de juzgar, ala hacerse de día, escribían los juicios en una tablilla de oro y la ofrendaban como recuerdo junto con las vestimentas. Había muchas otras leyes especiales acerca de los honores de cada uno de los reyes; lo más importante: no atacarse nunca unos a otros y ayudarse todos en caso de que alguien intentara destruir la estirpe real en alguna de sus ciudades, y tomar en común, como antes, las determinaciones concernientes a la guerra y a otras actividades, bajo la conducción de la estirpe de Atlante. Ningún rey podía matar a ninguno de su parientes, si no contaba con la aprobación de más de la mitad de los diez.
Según el relato, tan gran potencia y de tales características existentes entonces en aquellas zonas ordenó y envió el Dios contra nuestras tierras por la siguiente razón. Durante muchas generaciones, mientras la naturaleza del Dios era suficientemente fuerte, obedecían las leyes y estaban bien dispuestas hacia lo divino emparentado con ellos. Poseían pensamientos verdaderos y grandes en todo sentido, ya que aplicaban la suavidad junto con la prudencia a los avatares que siempre ocurren y unos a otros, por lo que excepto la virtud, despreciaban todo lo demás, tenían en poco las circunstancias presentes y soportaban con facilidad, como una molestia, el peso del oro y de las otras posiciones. No se equivocaban, embriagados por la vida licenciosa, ni perdían el dominio de sí a causa de la riqueza, sino que, sobrios, reconocían con claridad que todas estas cosas crecen de la amistad unida a la virtud común, pero que con la persecución y la honra de los bienes exteriores, estos decaen y se destruye la virtud con ellos. Sobre la base de tal razonamiento y mientras permanecía la naturaleza divina, prosperaron todos sus bienes, que describimos antes. Más cuando se agotó en ellos la parte divina porque se había mezclado muchas veces con muchos mortales y predominó el carácter humano, ya no pudieron soportar las circunstancias que los rodeaban y se pervirtieron, y al que los podía observar les parecían desvergonzados, ya que habían destruido lo más bello de entre lo más valioso, y los que no pudieron observare la vida verdadera respecto de la felicidad, creían entonces que eran los más perfectos y felices, porque estaban llenos de injusta soberbia y de poder. El Dios de Dioses Zeus, que reina por medio de leyes puesto que puede ver tales cosas, se dio cuenta de que una estirpe buena estaba dispuesta de manera indigna y decidió aplicarles un castigo para que se hicieran más ordenados y alcanzaran la prudencia. Reunió a todos los dioses en su mansión más importante, la que, instalada en el centro del universo, tiene vista a todo lo que participa de la generación y, tras reunirlos, dijo…

El Tema Termino asi, posiblemente no se pudo terminar.

Fuente:http://rea.kelpienet.net/

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En el estudio han colaborado 38 expertos de distintas partes del mundo
Un asteroide acabó con los dinosaurios
Según un trabajo publicado en la revista Science, la extinción masiva ocurrida a finales del Cretácico, y que acabó con el dominio de los dinosaurios, fue originada por el impacto de un asteroide en la provincia mexicana de Yucatán.
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El meteorito produjo un cráter de casi 200 kilómetros de diámetro que fue descubierto en 1991 y se tradujo en terremotos de magnitud superior a 11 en el antiguo Golfo de México
Durante el impacto de Chicxulub se liberaron volúmenes mayores de azufre, polvo y hollín en pocos minutos, provocando perturbaciones medioambientales extremas como el oscurecimiento y el enfriamiento global del planeta
Aunque este episodio se ha aceptado como la causa de la extinción masiva, algunos críticos continúan en desacuerdo

Enlaces A Internet
Science

Paleontólogos han confirmado que la extinción masiva que se produjo hacia finales del periodo Cretácico, hace unos 65,5 millones de años, y que acabó con el dominio de los dinosaurios en el planeta fue originada por el impacto de un asteroide. El trabajo, que se publica en la revista ‘Science’, es fruto de la colaboración de 38 expertos de Europa, Estados Unidos, México, Canadá y Japón

La energía liberada por el impacto que produjo en Chicxulub, en la provincia mexicana de Yucatán, el asteroide fue un millón de veces mayor que la generada por la bomba nuclear más grande jamás probada y afectó a casi el 70% de las especies de nuestro planeta.

El meteorito produjo un cráter de casi 200 kilómetros de diámetro que fue descubierto en 1991 y se tradujo en terremotos de magnitud superior a 11 en el antiguo Golfo de México, provocando el colapso de las plataformas continentales, gigantescos tsunamis y el deslizamiento de grandes volúmenes de sedimentos marinos, apilados en esta compleja secuencia de depósitos.

Aunque este episodio se ha aceptado como la causa de la extinción masiva, algunos críticos continúan en desacuerdo, señalando por ejemplo que los microfósiles del Golfo de México muestran que el impacto sucedió bastante antes de la extinción y que podría no haber sido su principal causa. El volcanismo masivo que produjeron las trampas de Deccan de la India alrededor de esta época también han sido propuesto como la principal causa de la extinción.

En el trabajo han participado Laia Alegret, Ignacio Arenillas y José Antonio Arz, del Instituto Universitario de Investigación en Ciencias Ambientales de Aragón, que están especializados en el estudio de foraminíferos, fósiles microscópicos que ayudan a datar las rocas sedimentarias marinas que los contienen y a conocer sus ambientes de depósito.

Los españoles han contribuido a la datación de las unidades sedimentarias relacionadas con el impacto en el Golfo de México y el Caribe, estableciendo la relación causa-efecto entre éste y el evento de extinción en masa.

Teorías derrocadas
El grupo que cuestiona la hipótesis del impacto del meteorito se basa en el análisis de los sedimentos depositados alrededor del Golfo de México, donde se observan acumulaciones de diminutas gotas de material fundido (microtectitas) que fueron expulsadas tras el impacto de Chicxulub.

Según estos autores, la edad de los foraminíferos indica que las microtectitas de Chicxulub se depositaron unos 300.000 años antes, demasiado pronto como para que el impacto sea la principal causa de la extinción. Por el contrario, los autores de este artículo publicado en Science han demostrado que en realidad los sedimentos con microtectitas fueron violentamente removilizados.

En cuanto a la hipótesis volcánica, a pesar de las evidencias de un vulcanismo relativamente activo en la India, los ecosistemas marinos y terrestres tan sólo muestran cambios menores en los 500.000 años previos al impacto. Aunque se pueden emitir importantes volúmenes de azufre en cada erupción volcánica, dando lugar a aerosoles en la estratosfera, éstos permanecen poco tiempo en la atmósfera, por lo que sus efectos ambientales adversos tendrían una corta duración.

En comparación, durante el impacto de Chicxulub se liberaron volúmenes mayores de azufre, polvo y hollín en pocos minutos, provocando perturbaciones medioambientales extremas como el oscurecimiento y el enfriamiento global del planeta.
El meteorito produjo un cráter de casi 200 kilómetros de diámetro que fue descubierto en 1991 y se tradujo en terremotos de magnitud superior a 11 en el antiguo Golfo de México
Durante el impacto de Chicxulub se liberaron volúmenes mayores de azufre, polvo y hollín en pocos minutos, provocando perturbaciones medioambientales extremas como el oscurecimiento y el enfriamiento global del planeta
Aunque este episodio se ha aceptado como la causa de la extinción masiva, algunos críticos continúan en desacuerdo.

Más información sobre

Artes, Cretácico-Paleógeno, Chicxulub, Instituto de Geofísica, Integrated Ocean Drilling Program, IODP, Jaime Urrutia Fucugauchi, Mesozoico, méxico, Nautilus, Premio Nacional de Ciencias, Science, Tierra, UNAM, Universidad Nacional Autónoma de México, Yucatán
Fuente: noticias.terra.es

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Fort Monmouth

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Laboratorio de pruebas extraterrestres?

No tiene la fama que alcanzo.”Área 51,pero este centro e investigación militar fue uno de los primeros en el campo de la radiomucicaciones y fue escenario de los mas destacados experimentos cientificos relacionados con la ufologia.
Algunos afirman que en este centro vinieron a parar los restos de la nave y tripulantes que se estrellaron en Roswel.
En este lugar se presenciaron muchos avistamientos extraños de Ovnis,nunca se sabra si eran extraterrestres o esperimentos de la base.
En la primera gerra mundial se dedicaron con exito a la cria de Palomas mensajeras que utilizaron para obtener información del enemigo.
Primero se llamaba “Litle Silver”y en 1925 se le pone el nombre de “Fort Monmouth”en honor a una batalla ganada por el general George Washinton.
aqui se establecio el primer radar para detectar bombardeos.cuando el acidente de Roswell .Los radares de Fort Monmouth detectaron actividades anomalas en varios lugares de Estados Unidos.
El Proyecto Libro Azul se establece en esta base ,tambien se desarrollo lo visión nocturna por medio de infrarrojos ,que fue utilizada en Vietnam.Se desarrollan varios inventos entre ellos ,marcapasos.
Pero en realidad lo que se sabe es poco o nada , seguro que nunca se sabra lo que aqui se desarrolla,algunos dicen que en esta base mantienen contactos con otras culturas extraterrestres.
Se desarrollaron muchos inventos relacionados con la microtecnologia y con la meteorologia.
puede que algun dia se nos de a conocer algo mas , lo dudo.
xuacutorres

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Sistema planetario similar al nuestro

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De: Alertay Opinión

Sistema planetario similar al nuestro
28-05-2009 00:20 Categoría: Ciencia Tags: planetario sistema 9 Comentarios .
Como se encuentra tan cerca y es tan parecida al Sol, ha sido un sujeto recurrente para la ciencia ficción. Series de televisión como Star Trek y Babylon 5 hicieron referencia a Epsilon Eridani y aparece en novelas de Isaac Asimov y Frank Herbert, entre otros
Sistema planetario similar al nuestro

El sistema planetario más cercano es muy similar al nuestro

La NASA explica que su estrella es muy parecida al Sol, aunque más joven y fría, y tiene un cinturón más de asteroides.

La comparación del sistema Epsilon Eridani y el Sistema Solar demuestra que son muy similares.

ALGO IMPORTANTE QUE LO DIFERENCIA

Probablemente las condiciones son semejantes, al momento anterior en que que se dio comienzo a la preparación de la Tierra como hogar adecuado para el desarrollo de la vida. En especial para que pudiéramos vivir los humanos, que como seres inteligentes, podríamos contemplar estas maravillas como parte del diseño que desarrollo el Creador y Hacedor del universo.

NASA / JPL-Caltech

El sistema planetario Epsilon Eridani, el más cercano al Sistema Solar, tiene dos cinturones de asteroides, lo que podría implicar la existencia de más planetas dentro de este sistema, según las nuevas informaciones que se desprenden de los datos recogidos por el telescopio espacial Spitzer de la NASA.

En el centro de este sistema se encuentra la estrella de la constelación, Epsilon Eridani, que es muy similar al Sol, según la directora de divulgacion de la NASA, Dana Backman. Sin embargo, este astro es más joven, ya que tiene una quinta parte de la edad del Sol, y es ligeramente más frío.

Anteriormente, los astrónomos ya habían obtenido pruebas de “dos posibles planetas” en dicho sistema y de un amplio anillo exterior de cometas helados, similares al Cinturón de Kuiper, que proceden de las primeras etapas de formación del propio sistema.

Es probable que este sistema se parezca mucho al nuestro
Ahora, el telescopio Spitzer ha descubierto que tiene dos cinturones. Uno de ellos se encuentra aproximadamente en la misma posición que el del Sistema Solar, que sólo tiene uno, y el segundo, más denso, se encuentra entre el primer cinturón y el anillo de cometas.

Un sistema parecido al nuestro

Con este descubrimiento, los expertos de la NASA creen que puede haber “otro posible planeta” en el sistema, lo que explicaría el motivo por el cual cuando los asteroides y los comentas chocan con la estrella liberan partículas diminutas de polvo que desprenden calor.

“Es probable que este sistema se parezca mucho al nuestro [ANTES DE QUE SE LE DIERA ATENCIÓN PARA PREPARARLO CON LAS CONDICIONES EXACTAS NECESARIAS PARA ALBERGAR VIDA] cuando la vida surgió en la Tierra”, ha afirmado Backman, astrónoma del Instituto SETI, en Mountain View (California, Estados Unidos). “La principal diferencia que tenemos por ahora es que tiene un cinturón adicional de restos de material de la formación de los planetas”.

Opinan que los cinturones de asteroides son restos de material rocoso y metálico que procede de las primeras etapas de formación de los planetas. Su presencia alrededor de otras estrellas apunta que planetas como la Tierra podrían orbitar en zonas interiores del sistema, con planetas masivos y gaseosos girando cerca del cinturón.

Los astrónomos han detectado antes otras estrellas y signos de varios cinturones de asteroides pero Epsilon Eridani está más cerca de la Tierra y se parece más a nuestro Sol. Se encuentra a 10 años luz de distancia, es ligeramente menos masivo que el Sol y tiene una quinta parte de su edad.

Como se encuentra tan cerca y es tan parecida al Sol, ha sido un sujeto recurrente para la ciencia ficción. Series de televisión como Star Trek y Babylon 5 hicieron referencia a Epsilon Eridani y aparece en novelas de Isaac Asimov y Frank Herbert, entre otros.
Fuente:Globedia.com

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Área 51

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Área 51
El Área 51 está protegida por estaciones de radar, sensores de movimiento y guardias armados, y no aparece en ningún mapa del Gobierno.
El Área 51 es un remoto trozo de tierra en Nevada, Estados Unidos. Es posesión del Gobierno Norteamericano y se usa, aparentemente, para probar tecnología secreta y nuevas aeronaves militares.
Alguna gente cree que el aeródromo de la superficie es sólo la punta del iceberg y que, debajo del desierto, hay un enorme búnker que alberga un centro secreto de pruebas. Supuestamente, es aquí donde se estrelló el famoso Ovni con sus ocupantes, los extraterrestres Roswell, y donde fueron examinados.
El Gobierno de los Estados Unidos ni admite ni niega la existencia del Área 51. Pero este lugar se encuentra fuertemente custodiado y, a los visitantes inoportunos, se los enfrenta con guardias armados y helicópteros.
Aún cuando el Área 51 no aparezca en ningún mapa del Gobierno Nortemericano, muchos creen en su existencia, y ha sido presentado en los Expedientes X, en el Día de la Independencia y hasta en Los Simpsons.


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Revelaciones de una fabulosa luna de Saturno

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2009: Año Internacional de la Astronomía
Encelado: Revelaciones de una fabulosa luna de Saturno
Es la nueva joyita del Sistema Solar, un mundo casi irreal, de un color blanco inmaculado, dominado por suaves llanuras heladas, apenas interrumpidas por jóvenes cráteres y enigmáticas estrías. Encelado es una pequeña luna, perdida en el fabuloso imperio de Saturno, allí, a casi 1500 millones de kilómetros del Sol.
Por Mariano Ribas

Ilustracion de la superficie de encelado, con una erupcion de vapor y hielo de agua con saturno al fondo.Apenas una luna entre las sesenta conocidas que acompañan al enorme planeta anillado. Poco y nada se sabía de Encelado hasta hace apenas unas décadas. Pero a fuerza de meticulosas observaciones, y fundamentalmente, sondas espaciales, aquel puntito de luz que mostraban los telescopios comenzó a adquirir rasgos propios y sorprendentes. Y ahora, aquella bola de hielo, a casi 200 grados bajo cero, ya le está disputando fama y protagonismo astronómico a su hermano mayor, el extraordinario Titán. Y la verdad, tiene con qué: durante los últimos años, la sonda Cassini (NASA) descubrió poderosos geysers que brotan desde su gélida superficie: chorros de vapor de agua y cristales de hielo que se escapan hacia el espacio, alimentados por su calor interno y su inquieta geología. Fenómenos alucinantes que sugieren, con toda claridad, la posible existencia de reservorios de agua líquida, apenas por debajo del manto de hielo superficial. Agua que estaría mezclada con sales y otros compuestos. Ni más ni menos que un potencial nicho biológico. Por todo esto, Encelado es la nueva niña mimada de la astronomía planetaria.

La luna de Herschel
Encelado fue descubierto pocas semanas después del inicio de la Revolución Francesa, el 28 de agosto de 1789. Esa noche, el cazacometas William Herschel, que ya llevaba en su pecho la medalla por haber descubierto a Urano (1781), observó un punto de luz moderadamente brillante cerca de Saturno. Un nuevo satélite, que se sumaba a varios más ya conocidos, como Titán, Rhea, Tethys y Dione. Más allá de sus períodos orbitales en torno al planeta, y de muy crudas estimaciones sobre sus tamaños, las lunas de Saturno eran un completo enigma para la astronomía de aquel entonces (y lo mismo sucedía con las de Júpiter).

Ya en pleno siglo XX, los telescopios pudieron resolver, mínimamente, los discos de algunas de estos satélites, permitiendo tener una idea un poco más precisa de sus dimensiones. Así, por ejemplo, quedó bien claro que Titán medía alrededor de 5000 km, mucho para un satélite convencional. Y que Encelado, parecía ser muchísimo más chico. Aún así, su brillo era relativamente alto. Por lo tanto, la luna de Herschel debía tener un albedo muy elevado (el albedo es el índice de reflexión de la luz solar de un planeta o satélite). De algún modo, Encelado funcionaba como un espejo de altísima eficiencia. Y eso ya daba ciertos indicios de la naturaleza helada de su superficie.

Las revelaciones de Voyager 2
Casi dos siglos después de su descubrimiento, Encelado finalmente nos mostró su rostro: en agosto de 1981, la mítica Voyager 2 (NASA), sobrevoló fugazmente al pequeño satélite, tomando una ráfaga de impactantes fotografías. A pesar de sus modestos 500 km de diámetro (ver cuadro), la lunita de Saturno se mostraba fascinante de cabo a rabo. Una belleza de un purísimo color blanco, con una superficie de hielo de agua (tal como demostraban los análisis espectrales de la luz que reflejaba), mayormente lisa, y sólo salpicada con algunos cráteres. Una evidente señal de su juventud, al menos, en términos geológicos. Pero la Voyager 2 también descubrió unas extrañas fracturas en las zonas linderas al Polo Sur del satélite. Grietas de hasta 100 o 200 kilómetros de largo que parecían quebrar la suavidad general del terreno.

Atando cabos, los astrónomos y los geólogos planetarios de comienzos de los años ‘80 se dieron cuenta que Encelado era algo especial. Una luna envuelta por un manto de agua congelada que reflejaba el 99% de la luz solar que recibía. El mayor albedo jamás medido en satélite o planeta alguno. Una superficie joven y activa, que a pesar de estar a unos 200ºC, evidentemente, y de algún modo, debía renovarse (si así no fuera, estaría completamente cubierta de cráteres, como tantas otras lunas inertes, como la nuestra). Y que, tal como sugerían las fracturas australes, hasta parecía sufrir posibles procesos de tectónica. Nada mal para empezar.

El misterio del “Anillo E”
Los hallazgos de la Voyager 2 revelaron a un mundo gélido por fuera, pero inquieto por dentro. Pero además, parecían explicar un misterio que venía arrastrándose desde hacía ya unos cuantos años: el anillo E de Saturno, descubierto en 1966. A diferencia de los anillos A, B, C y D (que forman la estructura principal de aquel glamoroso adorno planetario), el anillo E resultó increíblemente difuso, disperso, y muy extendido verticalmente. Tan es así, que abarca un enorme volumen de espacio, que incluye a las órbitas de los satélites Mimas y Rhea. Pero cuya parte central y más densa, contiene al propio Encelado. Quizás, el anillo E, formado básicamente por partículas de hielo, podía tener algo que ver con el satélite. Para perdurar en el tiempo, una estructura así necesita, forzosamente, algún mecanismo de reabastecimiento de sus materiales (hielo). Pero claro, resultaba muy raro que una modesta lunita de 500 km pudiese aportarlos. Finalmente, hace apenas unos años, otra sonda espacial, resolvió el inquietante misterio del anillo E. Todo de pronto cerró. Y Encelado se despachó con sus mayores sorpresas.

Los geysers de Encelado
La nave Cassini (de la NASA y la ESA, la agencia espacial europea) arribó al imperio anillado a mediados de 2004, tras un largo viaje de siete años. Y si bien es cierto que sus objetivos principales eran Saturno y Titán, los controladores de la misión le reservaron algunos sobrevuelos a Encelado, dado su creciente interés científico. Sin embargo, nadie se esperaba lo que estaba por venir: a comienzos de 2005, los instrumentos de la sonda detectaron la presencia de una fina atmósfera de vapor de agua y oxígeno en torno al satélite. Tenue, pero atmósfera al fin, algo que muy pocas lunas tienen.

Pero lo más importante vino unos meses más tarde. En julio de ese año, la nave pasó a sólo unos 270 kilómetros de altura por encima de la región polar Sur de Encelado. Y varios de sus instrumentos (espectrómetros varios), detectaron corrientes de partículas, a modo de chorros elevándose cientos de kilómetros hacia el espacio. Puntualmente, vapor de agua y cristales de hielo (también de agua, y que se condensarían a partir del mismo vapor). Allí está la respuesta al misterio del anillo E: créase o no, el chiquitín de Encelado lo alimenta y lo sostiene con el paso del tiempo.

Eso por un lado. Pero Cassini también observó que esos chorros brotaban de las grandes grietas superficiales que recorren la zona sur de la luna. Estrías que los científicos llamaron informalmente “rayas de tigre”, y más formalmente, sulci. Más aún, Cassini también descubrió que la zona polar Sur es unos 15 o 20C más caliente que el resto de Encelado (190ºC a 200ºC), y que las fisuras mismas lo eran aún más (130ºC). Algo anormalmente “caliente” pasaba allí. Pero el mayor impacto llegó en noviembre, cuando la nave tomó fotografías directas de las “plumas” de material gaseoso y helado, elevándose sobre el horizonte de Encelado. Fue impresionante y más de uno se quedó, virtualmente, y nada raro en este caso, helado (o encelado).

¿Agua debajo del hielo?
Desde su superficie helada, Encelado lanza chorros de agua (vapor y hielo) al espacio. Tiene, por lo tanto, criovulcanismo. “Hasta hace muy poco, sólo conocíamos tres lugares volcánicos en el Sistema Solar: Io, una luna de Júpiter, la Tierra, y Tritón, el mayor satélite de Neptuno, pero ahora Encelado se suma a este exclusivo club”, dice el Dr. John Spencer, integrante del equipo científico de la misión Cassini. Por otra parte, las “rayas de tigre” parecen ser, según los geólogos planetarios, el resultado de procesos de tectónica, grietas que se abren en la corteza. Es un mundo activo. Y eso se fue confirmando, una y otra vez, con cada uno de los sobrevuelos de Cassini, hasta el día de hoy. No es poco, sin dudas.

Pero toda esta historia tiene implicancias aún más profundas: ¿cuál es el origen de los chorros de vapor y hielo de agua? Todo parece apuntar en la misma dirección: depósitos de agua líquida, escondidos a decenas o cientos de metros debajo de la superficie. Depósitos que estarían a la “altísima” temperatura de 0ºC, o incluso, un poco más, y que en las particulares condiciones de presión del interior de Encelado, podrían hervir, y salir al exterior, a través de los sulci. Esa agua, inicialmente líquida, y luego vaporizada, se congelaría en el espacio. En parte, pasaría a formar el anillo E. En parte, se perdería. Y en parte, podría volver, renovando el hielo de la impecable y blanca superficie de Encelado. Parece que todo cierra.

El mecanismo detras del agua
Los astrónomos no salen de su asombro: “sabemos que se trata de una conclusión sorprendente, pero tenemos evidencias firmes sobre la presencia de agua en el interior de un cuerpo tan pequeño y frío como Encelado”, dice la Dra. Carolyn Porco, líder del equipo de imágenes de la sonda Cassini. Por su lado, su colega, Joshua Colwell, agrega a este “satélite revelación” a otra lista de exclusivos personajes de nuestro barrio planetario: “sólo hay tres lugares del Sistema Solar donde hay agua líquida cerca de la superficie: la Tierra, Europa, la luna de Júpiter, y ahora parece que también Encelado”.

Ahora bien, todavía nos queda una cuestión central a resolver: ¿de dónde saca Encelado su calor interno para sostener posibles depósitos de agua líquida? Al parecer, la respuesta está en la gravedad. No la propia, sino en los continuos y poderosos tirones gravitatorios que sufre a manos de Saturno. En cada vuelta, de apenas un día y medio de los nuestros, la gravedad del planeta gigante estira y contrae al cuerpito del pobre Encelado, en una y otra dirección. Y así, se calienta (algo parecido le pasa a Europa, aquella luna de Júpiter que escondería un océano de agua líquida). Este juego se ve reforzado, también, por su interacción gravitatoria con su vecina, más grande, la luna Dione. Así, la que de otro modo no sería más que una pobre bola de hielo, inerte y aburrida, sufre un calentamiento que le da vida y acción.

¿Vida en Encelado?
Pero hay más. Los sobrevuelos de Cassini en 2007, y muy especialmente en 2008, no sólo confirmaron que las “plumas” eyectadas por Encelado están hechas principalmente de agua (92%), sino que también contienen dióxido de carbono, nitrógeno, amoníaco, y un amplio repertorio de moléculas orgánicas, como metano, propano, acetileno y otros hidrocarburos. Incluso, hace unas semanas, se publicó un estudio que habla de la presencia de sales, como el bicarbonato de sodio. “La mejor explicación para dar cuenta de estas observaciones es que estas sales y compuestos se encuentren presentes en mares de agua líquida, debajo de la superficie de Encelado”, dice la astrónoma Julie Castillo, del Jet Propulsión Laboratory de la NASA. Calor interno, agua líquida, compuestos orgánicos, sales, química activa, movimiento… al juntar las piezas, surge una inquietante posibilidad: vida. Tal vez. La Dra. Porco comparte nuestros sueños: “si estamos en lo correcto, parece evidente que (con Encelado) se ha ampliado la diversidad de ambientes en el Sistema Solar en los que podríamos encontrar condiciones aptas para la vida”.

Es verdaderamente impresionante: en cuestión de unas décadas, y muy especialmente de estos últimos años, Encelado pasó de ser un lugar apenas interesante, a convertirse en uno de los sitios más fascinantes de todo el Sistema Solar. De 2005 a esta parte, la misión Cassini lo ha colocado, de golpe y porrazo, entre los exclusivos miembros de dos prestigiosos clubes astronómicos: los mundos con actividad geológica, y los mundos con chances reales para la aparición de la vida. Tan es así, que, hoy, Encelado es un objetivo de “alta prioridad” para las misiones espaciales presentes y futuras. La sonda Cassini, que seguirá explorando el sistema de Saturno en los próximos años, volverá a sobrevolar a la pequeña luna blanca una y otra vez. Y en la NASA y la ESA, ya consideran incluir a Encelado en futuras y ambiciosas misiones de exploración, codeándose entre las prioridades con verdaderos pesos pesados, como Marte o las lunas de Júpiter.

Quién lo hubiera dicho en los tiempos de Herschel: aquel puntito en un telescopio de hace más de dos siglos, hoy se ha convertido en un mundo sorprendente y prometedor. A no dudarlo: Encelado es la nueva joyita del Sistema Solar.

Identikit de Encelado
•Descubrimiento: 1789, por William Herschel.

•Diámetro: 499 km.

•Distancia a Saturno: 238.000 km.

•Período orbital: 33 horas.

•Temperatura superficial: 190ºC a 200ºC.

•Gravedad superficial: 1% de la terrestre.

•Atmósfera: fina y variable, 65% de vapor de agua.

•Superficie: suave y joven, formada por hielo de agua.

•Albedo (reflexión de luz solar): 99%

Fuente: http://www.pagina12.com/

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