LOS GIGANTES DE LA BIBLIA.

La referencia a ovnis en los tiempos bíblicos es constante, cuando se lee la Biblia con la predisposición favorable para ello. Hay centenares de menciones de ángeles pasajeros o mensajeros, y como no se dice nada de que tenían alas, es permisible identificarlos como extraterrestres. Esta interpretación es viable, ya que, en un sinnúmero de menciones, la Biblia se refiere a ellos como a seres de otros mundos. Ningún pasaje del Antiguo o Nuevo Testamento muestra extrañeza cuando menciona el encuentro de tales seres. Parece que fue una cosa normal cruzarse en el camino con un extraterrestre.

Viajes con “vehículos voladores” también parecen haber sido presencias a las que los antiguos se acostumbraron.

De esta forma, es fácil encontrar que la Biblia contiene gran número de relatos cuya interpretación ufológica podría reflejar la existencia de “vehículos que han llegado del cielo”. En el lenguaje de hoy se trata de “platillos volantes” y de sus “naves nodrizas”. El Antiguo Testamento está lleno de tales referencias. Allí se les llama “bolas de fuego”, “torbellinos” en llamas, “barcas de nubes que vuelan”; y existen otros nombres, como “nubes fluorescentes”, “nubes pesadas”, “arcas voladoras”, etcétera. En el Nuevo Testamento la referencia se limita en casi todos los casos a “nubes”.

Sería prácticamente imposible averiguar cuándo exactamente entraron los “vehículos que han llegado del cielo” en contacto con la historia bíblica. Es de suponer que sus primeras llegadas coinciden con los primeros adelantos de una supercivilización en diferentes partes del mundo. ¿Acaso vinieron los primeros extraterrestres para curiosear y observar la vida cotidiana de los primeros hombres, los “homos sapiens”, que estaban mostrando sus primeras señales de inteligencia? El hecho es que los descubrimientos arqueológicos muestran la posible existencia de los primeros contactos entre humanoides de origen extraterrestre y hombres de la Tierra.

La tierra estuvo poblada por gigantes.

Se han descubierto restos arqueológicos de esqueletos de “visitantes” en China, Tíbet y la India, que deben tener una edad aproximada de cuarenta y cinco mil años. Y lo extraño es que ya tenían a su lado pequeños “platillos”, cada uno apto para ser ocupado por un solo pasajero. Todas estas referencias aisladas pertenecen, claro está, a una época que debemos considerar prebíblica.

Los primeros rasgos de una influencia de visitantes extraterrestres los debemos situar en Palestina, en plena época del reinado judío. Lo que, desgraciadamente, resulta prácticamente imposible es la reconstrucción de un calendario de “visitas” extraterrestres anterior a la huida de los judíos de Egipto, que se supone tuvo lugar en el siglo XIII o XIV antes de Jesucristo. Todo lo que sucedió anteriormente a esto es tan nebuloso en su orden cronológico que cualquier intento de ordenar los acontecimientos según sus respectivas fechas es un afán de buscar caprichosamente una confusión inevitable.

El orden cronológico en Israel nos lo cuenta el Antiguo Testamento; pero, naturalmente, sin indicación de fechas concretas. La primera mención de la existencia de seres “distintos en la Tierra” la hallamos en el primer libro de “Moisés” (Génesis), en el capítulo 6. Allí dice: “Cuando la humanidad comenzó a multiplicarse sobre la faz de la Tierra y les nacieron hijas, vieron los hijos de Dios que las hijas de los hombres les venían bien, y tomaron por mujeres a las que preferían de entre todas ellas…”

Los nefilim (en hebreo, gigantes) existían en la Tierra por aquel entonces (y también después), cuando los hijos de Dios se unían a las hijas de los hombres y ellas les daban hijos: éstos fueron los héroes de la antigüedad, hombres famosos.

La explicación que proporciona la Biblia en sus notas marginales es que estos “hijos de Dios” no han sido hijos carnales de Dios, sino sus acompañantes, comúnmente citados como “ángeles”, palabra hebrea que significa lo mismo que mensajeros. En ninguna parte se dice que poseían alas. Esta añadidura al cuerpo humano parece ser posterior invento de los pintores. Que verdaderamente existían los gigantes está comprobado por las excavaciones descubridoras de esqueletos de hombres gigantescos, en todos los continentes.

Dejando por un momento la historia, más o menos clásica, sobre estos “hijos de Dios”, y adentrándonos en la historia más de realismo fantástico, nos encontramos con una sorprendente versión que proporciona Robert Charroux en su libro “El enigma de los Andes”, sobre estos extraños gigantes.

…”Los gigantes de la Biblia eran realmente seres superiores, ya que engendraron la élite de los pueblos: Reyes, héroes e iniciados.”

Esto es lo que relata el Génesis, capítulo VI, versículo 4: “Existían por aquel tiempo en la Tierra los gigantes, y también después, cuando los hijos de Dios se llegaron a las hijas del hombre y les engendraron hijos, que son los héroes, desde antiguo varones renombrados.”.

Henos aquí, pues, en presencia de una explicación sobre los gigantes que basta aplicar al reino animal para tener la clave del enigma. En primer lugar: ¿esos “hijos de Dios” llegados a la Tierra para raptar a las hijas de los hombres o violar a sus esposas no fornicaron quizá con algunas bestias? ¡En nuestros días, todavía, esas prácticas anormales son corrientes entre los obsesos sexuales y en núcleos rurales, y con mayor motivo lo fueron entre unos seres privados de amor desde hacía mucho tiempo! Los cosmonautas pudieron muy bien engendrar hijos monstruosos, semihombres, semicaballos o semicabras, semivacas…

Por otra parte, la riqueza pecuaria que dejaron en la Naturaleza terrestre debió, antes de desaparecer o de aclimatarse, y en consecuencia de crecimientos naturales perturbados, o de acoplamientos extraordinarios, pasar por fases de la monstruosidad física derivada forzosamente.

Así se explica quizás, a la vez, esos humanos gigantescos, esos hombres caballos (los centauros), esos hombres toros (el Minotauro), esos faunos de piernas de chivo, esa esfinge con cabeza de mujer, esas gárgolas, esas sirenas, etc.

¿Por qué no seguir considerando que la Tierra fue una especie de parque zoológico y jardín botánico de una humanidad extraplanetaria?.

¡De qué manera se enlaza todo, se ilumina y se vuelve lógico! Unos comandos de hombres llegados de otro planeta aterrizan en nuestro Globo y aportan una civilización, semillas de plantas desconocidas y especímenes de animales que ellos esperan aclimatar.

Ciertamente, encuentran terrestres, y tratan, o bien de colonizarlos, o de integrarse con ellos, pero no sin riesgos, sin pagar el tributo de sangre, ya que esos cosmonautas no son biológicamente idénticos a nosotros. Su unión con las mujeres de los hombres producirá, pues, hijos más altos que los terrestres normales; o sea, con la distorsión del tiempo, gigantes.

La existencia de tales gigantes, antes del Diluvio llamado universal, es atestiguada por todos los pueblos antiguos (En una gruta de Atguetca, cerca de Mangliss, URSS se han encontrado esqueletos de hombres que miden de 2,80 a 3 metros). Según una tradición de los indios choluta, consignada en un manuscrito del Vaticano “antes de la gran inundación que tuvo lugar 4.008 años después de la creación del mundo, el país de Anahuac estaba habitado por gigantes; los que no perecieron fueron transformados en peces…”. En Egipto “los gigantes estaban en guerra con los hombres, y emigraron revistiendo formas de animales.

Los rabinos judíos han tratado de establecer, según recuerdos demasiado lejanos para ser exactos, que la talla del primer hombre alcanzaba varios centenares de pies. La propia Biblia habla detalladamente de los gigantes, y en especial del último de ellos, el rey de Basang, Og, que pereció en su lucha contra Moisés. Ese Og, semilegendario, debió de tener descendientes, ya que los hebreos tuvieron que sostener contra ellos muchas guerras todavía.

Los antiguos tailandeses pretendían que los hombres de las primeras épocas eran de una talla colosal; y los nórdicos, refiriéndose a tradiciones hiperbóreas, dicen que los primeros seres de la creación eran altos como montañas.

Sin embargo, teniendo en cuenta el “engrandecimiento”, que es un hecho habitual en la leyenda, en la imaginación y en la época, cabe pensar que esos gigantes antiguos superaban apenas los dos metros de estatura.

Un numismático e historiador del siglo XVII, Nicolás Henrión, hizo en este sentido un interesante, a la vez que curioso, pero desprovisto de fundamento estudio, que relatamos por su pintoresquismo.

Según una cierta ley de decrecimiento, Henrión determinaba -eso decía- con una exactitud rigurosa las variaciones de la talla de los hombres desde su creación original. De ello se deduciría que Adán “debió de medir” unos 49 metros; Noé, 31 metros; Abraham, 8 metros; Moisés, 4,5 metros; Hércules, 3 metros; Alejandro; 1,80 metros y César, 1,5 metros etc., etc. Parece un poco absurdo.

También la mitología griega aporta una clara indicación que milita a favor de la tesis de hombres extraplanetarios más altos y más inteligentes que los hombres de la Tierra. En efecto, los gigantes eran invencibles, y ni siquiera los dioses podían derrotarlos, excepto con el apoyo de los mortales; lo cual, si tenemos en cuenta la exageración, muy bien podría referirse a seres mucho más civilizados que los terrestres y que, por tal motivo, parecerían invulnerables.
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Fuente: http://usuarios.multimania.es



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